Autobiografía

PREAMBULO DE ESTA OBRA

1. En los últimos años de mi edad, empiezo á escri­bir lo que en el discurso de mi vida me ha sucedido; determinación tan ajena á mi deseo, que repetidas veces la he resistido con toda la fuerza de mi voluntad; y como á esta potencia ciega alumbra él entendimiento, el mío nunca ha hallado motivos ni razones para incli­narla á ejecutarlo, sino muchas que la han acobardado y detenido. Puedo asegurar con verdad, que desde las primeras operaciones del discurrir no me satisfice de las obras que hice, ni me parecieron bien; nunca el dictamen de la razón las obró; el concepto que de ellas he hecho, más ha sido para calumniarlas, encubrirlas y hacer penitencia de ellas, que para manifestarlas y escribirlas.

2. La providencia del Altísimo por sola su bondad y misericordia, sin haber precedido ningún merecimien­to mío, dispuso que muy temprano me alumbrase la luz divina, y que su dirección me encaminase al abrir los ojos al conocimiento de las cosas terrenas y uso de los sentidos, cuando salía de la obscuridad de la ,ignorancia á la claridad de la razón, para distinción entre la luz y las tinieblas, lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. A este tiempo salió de las alturas el norte por donde gobernarme: para encaminar los primeros pasos del discursó la inspiración del Espíritu divino me llamó, compelió y llevó á que mirase con atención el fin de la criatura racional, que era conocer á su Dios y criador, servirle, obedecerle y amarle.

3. Y como para tan altos fines y encumbradas opera­ciones son menester profundas zanjas y fuertes funda­mentos, me enseñó el Señor en mí misma las condicio­nes y propiedades de la naturaleza humana; que es polvo y ceniza, concebida en pecado, sujeta á la co­rrupción y mortalidad; cómo se le rebelaron las  criaturas porque desobedeció á su Dios criador y Señor; que su vida es pelea sobre la tierra, gravada de grandes calamidades, congojas y afanes; dejóla el pecado re­pleta de muchas miserias, infecta, manchada, inútil, débil, inconstante, desvalida, destruida, sujeta al im­perio del demonio; el entendimiento obscurecido, la memoria tarda, la imaginación inquieta, la voluntad per­vertida, la concupiscible desordenada, la irascible aira­da; tarda para el bien, presta para el mal, con propen­sión al pecado, y violencia para dejarle; ligera para caer en él, pesada para levantarse: no puede por sí sola hallar lo que perdió, ni alcanzar el menor grado de gra­cia, si la providencia divina no le ayuda; la pasión la ciega, la inclinación la arrebata, el afecto la precipita, y la voluntad desordenada la saca de sí y la inhabilita para el verdadero conocimiento de las cosas y recto juicio de ellas; á lo malo califica por bueno, á lo perfecto por intolerable, á la triaca por veneno y al veneno por triaca; y la mayor calamidad de la criatura humana es que á sí misma se quiere engañar con los esfuerzos de dictámenes errados, fomentados por las pasiones, admitiendo por razones de congruencia y utilidad las­ que administra la, sabiduría carnal, anteponiéndolas á las innumerables que influye la sabiduría y luz divina, olvidando y despreciando éstas, y aplaudiendo las va­nas y viciosas: profesa y abraza las leyes perversas del duelo mundanas, huella y arroja de sí la de Cristo nuestro Señor, de la gracia, sin atender á la excitante ni conseguir la justificante; admite las lisonjas y men­tiras de Babilonia, aparta de la memoria los novísimos y verdades católicas, que es el remedio para no pecar. En breves palabras comprende David lo que conocí; pinta y describe la naturaleza humana diciendo: todos los hombres mienten y sus pesos son engañosos y falaces.

4. Esta primera lección é inteligencia de la fragilidad humana quedó tan estampada en el alma y grabada en mi corazón, que jamás se borró ni me faltaron sus especies ni memorias, las cuales engendraron en mi entendimiento y voluntad tan excesivo temor, que ha imperado sobre mis fuerzas, no me ha dejado de día ni de noche, en todas las horas me ha sobresaltado y acompañado á cuantas obras he hecho; y como los actos del temor han sido repetidos en vida larga, ha quedado impreso en mis potencias tal hábito, que no ha habido potencia humana, consejos de hombres doc­tos, ni instancias de confesores y prelados, que hayan podido quitármele; que lo han intentado repetidas veces, juzgando me impedía; de que he colegido es voluntad divina le tenga, por necesitarlo mi mal natu­ral. Puedo decir que la petición que David hacia al Señor, de que le crucificase las carnes con su temor, me la concedió la divina providencia; con que he padecido penas intolerables, aflicciones terribles, he traba­jado sin satisfacción, sin gusto ni consuelo, no le he tenido en el trato de criaturas, ni alegría en cosa hu­mana y terrena, porque á todo ha sobreabundado el temor, el recelo, duda y perplejidad.

5. Mi mayor tormento, y cuando ha estado más ejecutivo el temor, ha sido en el tiempo de determinar las obras activas, aunque fueran ordinarias y comunes, con tener tan á los ojos su bondad ó malicia, y poderlas juzgar por loables ó reprensibles; me he hallado aco­bardada, indecisa y con pena para ejecutarlas. Por muchos resquicios entraba el temor con la consideración de que, aunque las obras sean buenas, las puede viciar hacerlas criatura tan mala é inútil, como la divina luz me ha dado á conocer soy, por no tener perfectos fines y arrastrarme los humanos, por ser tarda en poner los sobrenaturales para que sean meritorias, por faltarles la prudencia para que se ejecuten en sazón y tiempo conveniente y oportuno, con justicia y equidad, dando á cada una lo que le pertenece. Si en estas perplejidades no me valiera de consejos de confesores, prelados y de inferiores por el oficio de prelada, no pudiera tener aliento ni consuelo en las ejecuciones.

6. Y si en las obras activas é inexcusables á la vida y comercio de criaturas me he hallado turbada, más presta á condenarlas que á justificarlas, ¿qué será en las pasivas sobrenaturales, favores del Altísimo, influencias y dones de su espíritu divino, tan encumbrados y escondidos, no sólo á una mujer ignorante sino á los abrasados serafines, y á los más doctos y sabios de la santa Iglesia? ¿Quién sabrá por dónde viene, á dónde va, cómo toca y hiere el influjo del Espíritu santo? ¿Quién podrá ponderar y pesar con acierto la luz que sale del ser divino y envía á los corazones humanos, los carismas que les comunica, sino es el Todopoderoso que tiene el peso del santuario en la mano? ¿Quién podrá contar las misericordias que la diestra divina derrama sobre los electos del Altísimo sino es Su Majestad inmensa que sabe el número delas estrellas? ¿Quién podrá adecuadamente medir cuánto se humana la clemencia de Dios eterno á favorecer al gusanillo del hombre, sino es el padre de la lluvia que envió para la salud de los mortales á su Unigénito, que tomase carne pasible? A la vista de estas verdades se estremece todo mi ser, tiembla el ánimo, se retarda la voluntad y se enmudece mi lengua discurriendo en que he de escribir materias espirituales sobrenaturales.

7. A los primeros crepúsculos del día de la gracia que nació á mi alma, é influencias de la luz divina que iluminó mi entendimiento, al salir el sol de justicia Dios eterno á llamarme, favorecerme, encaminarme, la dignación divina me manifestó y enseñó con clara inteligencia la grandeza, hermosura, seguridad y utilidad del camino de la virtud, sus principios, medios y fines, la excelencia de las operaciones interiores místicas, el empleo único que deben tener las potencias, memoria, entendimiento y voluntad, ayudadas de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, conociendo á Dios eterno, trino en personas y uno en esencia, sus perfecciones y atributos, por causa; de todas las causas, autor de la gracia y de la naturaleza, las verdades católicas, amar al Altísimo de todo corazón, servirle con fidelidad, negarme á mí misma y morir á todo lo terreno. Quedé tan aficionada y llevada de este camino, que determiné seguirle, me encendía en su amor, me fervorizaba buscándole, y por hallarla se me deshacía el corazón.

8. Y como el Altísimo es infinitamente sabio en sus consejos y obras, procede con equidad, peso y medida, y habiéndome mostrado, como queda dicho, la miseria, cuitadez y debilidad de mi naturaleza, que nada tengo bueno por mí misma sino inclinación y propensión á lo malo, quiso Su Majestad conociese los grandes peligros que se ofrecen en el camino espiritual, que son excesivos, continuos, sagaces, y como al árbol encumbrado le combaten con mayor violencia los vientos, al alma que se levanta de la terrenidad á las alturas, la ventilan y combaten varias tentaciones. A todos los concebidos en pecado pertenece lo que dijo Job, que la vida del hombre es milicia sobre la tierra, particularmente á los espirituales dedicados al servicio de Dios; en consagrándose á este fin preparen el corazón para la tentación. Esta pelea es con el demonio, mundo y carne: la antigua serpiente se enfurece fieramente contra quien profesa la virtud, se enciende y arde en envidia, mirando que la debilidad y miseria de la criatura humana busca, procura y consigue con el favor divino la dicha felicísima, que él perdió, de la gracia y gloria; y embravecido arroja de su boca tras ella el río horrendísimo de maldad que se congrega de las aguas hediondas de todos los vicios; el león se viste de piel de oveja, se transforma en ángel de luz, emplea todo su furor, malicia, sagacidad y fortaleza en inventar modos y trazas para combatir y pervertir á la pobre alma; válese del mundo y de la carne para la guerra, y confederados los tres enemigos, milagrosa es la victoria. El mundo combate la navecilla de la criatura con las jarcias de las lisonjas, el viento de la vanidad la levanta con las alabanzas, la abate con desprecios, la engaña con sus mentiras, la lleva por sus respetos, la convida con sus delicias y la echa á pique con su ceguedad, la engolfan sus tinieblas, la precipita su maldad, y habiéndola motivado á su precipicio, la juzga según su malicia y la deja en la confusión de su pecado. La carne, como enemigo casero, es continuo en conquistarla. El primer efecto es cegar el entendimiento con el amor propio, la encamina á errar sus juicios, acreditar los apetitos dañados, hacer los dictámenes torcidos, apetecer lo malo, nunca se satisface, porque cuanto más harto y embriagado mayor hambre y sed tiene. No es posible ponderar los peligros que he conocido hay en el camino espiritual, no alcanzan los términos humanos á su significación, no son adecuados para manifestarlos. El mayor que todo lo destruye estraga, pervierte y malicia, es admitir y obrar mentira, y no ir con formalidad de verdad, que es fundar en arena y dar en tierra con el edificio espiritual.

9. La verdadera virtud es la que le da ser y forma la verdad; porque esta virtud es escudo que la defiende, alcanza. triunfo de los vicios, victoria del demonio; es la triaca contra el veneno de su mentira, quien aniquiló su soberbia y humilló su villantez, quien deshizo la Babilonia de sus intentos, y le lanzó en las profundas cavernas del infierno; la verdad vence al mundo, le manifiesta enemigo cruel, vano, falaz, mentiroso, engañoso, que sólo se busca á sí mismo, y destruye á quien se fía de él; la verdad vence á la carne, enseña que cuanto apetece con la inclinación y propensión del apetito sensitivo, es mentira, vanidad de vanidades y aflicción de espíritu, de cuanto consigue son los dejos amargos, llenan y no satisfacen. En la verdad no puede caber mentira, dolo, falsedad ni engaño; declara con propiedad las cosas, manifiesta sus calidades, vence y no es vencida, y aunque todo se acabe, ella permanece para siempre. El mayor elogio de la verdad, el que más la engrandece, es tomarla Dios por blasón de su nombre; Dios es verdad, y la verdad es Dios; la excelencia de su ser inmutable es ser verdad, y como de su divina Majestad se dice, es el que es; (así se lo respondió á Moisés, cuando le preguntó quién diría le enviaba á Faraón), la verdad es la que es, porque todo lo que es verdad, propiamente es; la significación y definición de la verdad es ser verdad lo que significa. Por tan grandiosas propiedades la ama mi alma, la desea mi afecto, la solicita mi cuidado, y la estima mi aceptación; mas como lo que mucho se quiere, siempre se recela, vivo en perpetua operación de temor; si me faltará la verdad, si la perderé, y con ella la hermosura de la virtud, y el tesoro riquísimo de la gracia, y daré condenación a mi alma.

10. Bien sé, que con la mentira no puedo dar culto á Dios ni mérito á mi alma; que es obra dolosa y vana, coger en el puño el viento á imitación del demonio, fraude, dolo, engaño, vileza, todos los males juntos, carecer de todos los bienes. Como de la verdad se dice, es la que es; de la mentira la que no es; y con no ser, es veneno que mata, querer lo que no es, buscar lo que no se halla, ostentar lo que no se tiene, trabajar sin fruto, fatigarse por lo que no da premio, abrazar lo que no tiene consistencia. La men­tirá destruye á quien la tiene, porque inficiona; pre­cipita á quien la defiende, porque defiende lo que no es; desacredita en la defensa, porque no se halla lo que defiende; ciega á quien la ama, porque, ama lo que no es posible ver; no alcanza la potencia visiva á ver lo que no es; siempre se frustran las esperanzas del mentiroso, le dejan vacío, cuanto miente le falta, y cuanto desea le miente; que busca y que quiere el que miente, pues no hallará nada; y si alcanza algo con mentira, lo tiene injustamente; en todo lo criado no hay cosa peor que la mentira, porque hace á lo bueno malo é inficionó la virtud.

11. En el conocimiento de lo que he dicho, he experimentado varios y eficaces efectos, que la luz del Señor los produce abundantes; y como en la natural nunca falta el de alumbrar y manifestar las cosas materiales como son (si no tiene óbice), la divina con mayor propiedad y . penetración las da á conocer. A un tiempo me llama y me detiene, me anima y me acobarda, me vivifica y mortifica, me levanta al conocimiento del ser de Dios y su hermosura, al de mi miseria y cuitadez; me convida y me manifiesta sin vestiduras nupciales para ponerme á la mesa del Rey celestial, me enamora y hiere, y me hallo con las coyundas de la naturaleza humana y repugnancia de las pasiones; me enseña la belleza y seguridad del camino de la virtud, la maldad y peligro del vicio, la consistencia y ser de la verdad, el no ser de la mentira: todo esto despierta en mi alma el apetito y deseo, que dice David de las justificaciones del Señor para seguir eficazmente el camino que enseña la fe y ley del Altísimo. A estas ansias y vuelos de amor acompañan el lastre de las miserias que en mí misma, he visto, y los grandes peligros que dejo referidos; y entre tantos y tan varios conceptos se forma y arma en mi interior una violenta guerra, en que he padecido mucho contra la determinación y deseo de seguir la virtud, en la cual siempre he permanecido con el favor de Dios, aunque me han combatido grandes olas de contradicciones, perplejidades, temores, veleidades, en que me he hallado sumergida, rodeada de aflicciones y tentaciones, más de cuarenta años padeciendo dolores de muerte, y no acabando; penas del infierno viviendo; no es encarecimiento lo que digo, y sé de cierto no es posible ponderar trabajos tan excesivos, ni serán conocidos en este valle de lágrimas.

12. No hay mayor violencia ni pena más pesada que la indiferencia y suspensión en el juicio, sin poder determinar la elección de alguna, cosa, ni asentar el dictamen de ella, por desear mucho su acierto; y más cuando en aceptarla ó reprobarla se aventura grande bien, como el agrado ú ofensa de Dios, la verdad ó la mentira, la salvación ó condenación. Con esta amarga suspensión me ha tenido el Altísimo en las cosas espirituales y favores que me ha hecho. No ha fiado de mí el juicio de ellos, su aprobación ni calificación; ó me la ha, dado á la vista de su luz, ó los confesores y prelados. Cuando recibo las influencias del espíritu divino, doctrinas, enseñanzas, y estoy en la parte superior del alma, en la habitación alta y encumbrada, donde el Todopoderoso obra sus miseri­cordias y comunica los carismas que derrama en el corazón, los conozco sin engaño, los creo, abrazo y venero, y experimento admirables, dulces y suaves afectos. Si desciendo á la parte inferior sensitiva, donde obro por mí misma naturalmente, todo lo dudo, recelo; no sabe ó no puede hacer la naturaleza legitimo concepto de las obras del Altísimo, ni el entendimiento adecuado discurso de las cosas sobrenaturales; en mirándome y reconociendo mi miseria, obra el temor y la duda; no pueden estar en un acto de conocimiento natural la grandeza de los favores que el Señor me ha hecho, y mi ser y proceder, sin salir al encuentro el recelo; he de apartar los ojos de mis muchos pecados para creer lo que la diestra del Altísimo obra conmigo. Cuando me considero tan ingrata, la soez y desechado (desecho) del pueblo, me lleno de temores y escrúpulos, de que voy por mal camino, si es imaginación ó discurso natural lo que me pasa; y si estando en esta tribulación suspende el Señor su luz, quedo sola en las tinieblas de mi ignorancia padeciendo con amargura, y discurriendo si voy engañada como mujer ignorante, si obro mentira, con que serán mis operaciones vacías, vanas, de daño para mi alma, y ofensas de Dios eterno, que es lo que más me atormenta.

13. En tan grandes aflicciones y penas del alma no he tenido otro recurso y remedio que el de la obediencia, acudir á los confesores y prelados doctos, derramar en su presencia mi corazón, noticiándolos con grande claridad y verdad de cuanto me ha sucedido, y en primer lugar de mis pecados; y si no los supieran, no pudiera aquietarme ni hiciera efecto su parecer y consejo. Todos me le han dado de que me asegure, me han protestado voy por buen camino, aprobándolo con las Escrituras sagradas y doctrina de los santos. Siempre la palabra de Dios y la obediencia han obrado en mí, porque tengo cordial amor y grande devoción á las divinas letras, y muy impresas en mi alma aquellas palabras que dijo Cristo nuestro Señor, ‑« quien á vosotros oye, á Mí oye; quien á vosotros obedece á Mí obedece».‑Con estas armas espirituales, defensivas y ofensivas, he quedado fortalecida; siempre la obediencia ha sido vida de mis obras espirituales; no han tenido otro ser después de Dios, sino el que ella les ha dado; porque mis temores, debilidad y mal concepto que de mí tengo, no me han dejado determinar ni admitir nada, sin la calificación de los ministros de Dios. La. obediencia me ha vivificado y alumbrado, y no por esto ha cesado la guerra; ha sido continua, fuerte y porfiada, como diré adelante.

14. Acosada de tan violentas baterías, ansiosa de seguir la verdad y de no ofender á Dios eterno, he hecho repetidas veces reflexión en mí misma, convirtiéndome al interior, atendiendo á lo que me dicta la conciencia y la sindéresis, que es el alguacil que pone Dios en el alma para que insinúe y dicte lo mejor, nos enseñe á hacer recto juicio y que la razón lo admita, por donde Dios nos ha de juzgar, y con que ha de justificar su causa; porque es tribunal que siempre está enseñando en el interior y conciencia de la criatura racional lo recto y justo, abraza lo bueno, repugna lo malo, es norte seguro que nos guía, si las pasiones, apetitos y la voluntad pervertida no lo ofuscan y atropellan. En mi interior le he buscado y conferido, y su luz y enseñanza me ha dirigido á su vista, examinando mi intención y proceder y las cosas espirituales. Y á mí misma me he preguntado, ¿ qué es ésto? ¿ qué camino llevo? y he hecho juicio en esta vida de mi causa, acordándome de lo que dice la Sabiduría, que hay otro tribunal superior que es el de Dios eterno, donde me han de juzgar con toda rectitud. La conclu­sión de estos discursos y argumentos es parecerme ciertamente, que las cosas espirituales y sucesos sobre­naturales que tengo, no son del demonio, sabiéndolo yo. Suponiendo esta verdad y conociendo no merezco las misericordias que la diestra divina obra conmigo, juzgo y temo si son imaginaciones de las especies que se adquieren con los ejercicios y prácticas que se usan en la vida religiosa, ó discurso natural, particularmente en los sucesos de mis principios, que como la edad era tan poca, obraba como párvula y con fervores vehementes, faltándome la prudencia, capacidad y experiencia para gobernarlos; con que procedía imprudentemente. Este tiempo es para mi el más dudoso, el fomento de mis temores, como diré en su lugar. Porque me parece que de la, imaginación hacía caso, no me aquieté ni sosegué, hasta que pedí á Dios que me quita­se lo imperfecto, sensitivo y todo lo exterior; y me lo con­cedió Su Majestad divina, con que quedé consolada.

15. No puedo negar ni mis temores deslumbrar, que la diestra del Altísimo me ha favorecido siempre según su grande misericordia, alumbrándome su divina luz, rigiéndome, encaminándome mis operaciones interiores y obras exteriores; y que en mi niñez tuve sucesos muy particulares, que manifestaré en el discurso de esta obra. Y lo que con mayor claridad he percibido, ha sido un hábito de ciencia infusa del conocimiento del ser de Dios, trino en personas y uno en esencia, sus atri­butos y perfecciones; de las verdades católicas, el orden escondido y digno de toda admiración, de la justificación y comunicación de la gracia, los artículos, los man­damientos y otros ocultos misterios, el orden de la naturaleza, los cielos, planetas, elementos, las aves, animales y demás criaturas; cuán admirable es el nom­bre del Señor en la universidad de la tierra; la gloria de los ángeles y santos, y el orden que la providencia divina. tiene en premiarlos. Este hábito de ciencia se aumentó mucho más; con mayor penetración y claridad se me infundió cuando el Altísimo Dios eterno me man­dó escribir la vida de la Reina del cielo. Para este fin se me dió admirable disposición, y cuando acabé y la concluí toda., me mudó la potencia divina á estado más superior, como diré en su lugar con su favor y gracia.

16. Para escribir estas materias, tengo mandatos expresos del Altísimo, de la Princesa de los cielos, como dejo dicho en su vida santísima: los prelados y confesores me han puesto preceptos y obediencias tan apretadas para que lo ejecute, que sin grave culpa no puedo resistir, como lo he hecho más de cuarenta años; y con toda verdad aseguro es el mayor sacrificio de obe­diencia que he tenido y obrado en mi vida; porque es violento á mi encogimiento, contrario al natural, horrible á los temores que padezco, de si erraré, si diré lo que no es. Porque si los juicios de los hombres distan de los de Dios infinito, cómo los míos, de criatura terrena y mujer ignorante, podrán ajustarse a los de su divina Majestad? Recélome cuidadosa si tendré á las tinie­blas por luz, ó á la luz por tinieblas; si las palabras manifestarán más que las obras, ó si serán los  térmi­nos adecuados para lo que han de declarar; contrístame que he de decir las obras buenas que líe hecho con la gracia del Altísimo, y dejar las malas, por no escan­dalizar; éstas ya sé que lo son; y no, si las buenas agradaron á Dios. Confieso que su divina Majestad misericordiosamente me ha dado gracia para obrar, mas no puedo decir lo que san Pablo, que no ha estado en mi vacía; porque he malogrado mucha, temo el juicio del recto juez, y que de mil cargos no responderé á uno.

17. Para poder vencer mi temor, y que no me im­pida ejecutar lo que el Señor y la obediencia me han ordenado, me abstraigo, eximo y sacudo de todo juicio y dictamen propio para aprobar las materias espirituales; no las alabo, ni repruebo; me pongo tan indiferente, que no quiero tener operación de querer ó no querer en ellas, más de lo que Dios quiera; no les doy calificación, sino la que la aceptación divina, les da. En esta indiferencia me he conservado siempre. Bien sé, que quien examinare este sentir mío, le ha de hallar una objeción que yo la tengo muy prevista y comunicada con personas doctas, y es, que á las misericordias del Altísimo y favores sobrenaturales que obra con el alma, se les debe por la parte del dador, que es Dios eterno, crédito; porque su divina Majestad es origen y principio de todo don perfecto, y de infinita sabiduría que no se puede engañar, y de inmensa bondad que no puede engañar á nadie; es verdad en su ser y obras, y se han de creer por estos títulos, reverenciar, y estimar, como lo significó nuestro Redentor cuando dijo que las margaritas no se habían de echar á los animales inmundos: el que no oye á Dios cuando le llama, ni le cree cuando le envía las inspiraciones, no recibiendo su gracia, apreciándola, animal es metido en el cieno de su terrenidad, que no le deja percibir la luz sobrenatural. Para que haga su operación, y sea eficaz, es necesario que la criatura concurra de su parte, dando asenso, creyendo, conociendo, reverenciando y estimando á Dios y sus obras. A todo esto se opone mi incredulidad, temores, dudas, y no hacer juicio recto, ni aprobar las cosas espirituales; y me culparán, si no se admite por disculpa lo que se sigue.

18. En el párrafo duodécimo dejo dicho, que cuando el Altísimo me comunica sus favores, y estoy en la habitación alta, donde su diestra divina me pone para hablar al corazón á solas, todo lo creo, reverencio, abrazo y estimo, experimento grandiosos efectos, allí no puedo dudar; en descendiendo á la parte sensitiva, que es á donde sólo llega la jurisdicción del demonio, allí me recelo y dudo; y lo que me aumenta más el temor es conocer el grande peligro que tienen tesoros tan ricos cuando pasan á la parte animal de la criatura: es como estómago flaco y estragado, que aunque le echen excelentes y dilatados mantenimientos, los inficiona y reduce al humor dé la tentación, que reina. La, parte sensitiva de la criatura quedó viciada é in­fecta por el primer pecado; reina y predomina, en ella la soberbia, hipocresía y vanidad que destruyen las obras de Dios ; la avaricia y obra vana, con que no están seguras las mercedes y favores que Dios hace; la lujuria; que convierte el espíritu en carne; la ira, que trueca el celo en aborrecimiento; la envidia que quiere para sí sola el bien y comer el pan de la casa del Señor ociosa. ¿ Quién no ha de temer á la vista de tantos peligros y otros muchos que diré adelante? Y para alcanzar victoria, en vano se trabaja si el Señor no edifica.

19. El orden que guardo para huir de tan grandes combates y peligros, es procurar con el favor divino estar y vivir según el espíritu y morir á la carne, morar en la habitación alta y encumbrada, que dejo dicho, abstraerme de la sensitiva y terrena, estar más donde amo que donde animo, sin perder la atención ni apartar la vista de la enseñanza del Señor y dirección divina, que es continua de altísimas doctrinas, severas y suaves que mortifican y vivifican, dirigen y encaminan á lo más perfecto, como diré en su lugar. Aseguro con verdad, que si yo hubiera obedecido al Señor, ejecutado sus órdenes y aprovechádome de la gracia que me ha dado, pudiera ser en conocimiento, amor y perfección un serafín. Mas ¡ay de mí! que todo lo he malogrado y perdido como hija pródiga, vil é ignorante mujer. Cuando el Altísimo Dios eterno me ha hecho algún beneficio de visión, habla imaginaria ó corpórea, me pongo en grande cuidado y desvelo; porque son las más peligrosas, y adonde llega la jurisdicción del demonio; está acechando, para hacer asalto y arrojar su semilla de maldad con la buena. del Señor para ofuscarla y hollarla: la naturaleza y pasiones quieren entrar á la parte, tomar su ración y usurpar la de la pobre alma: y ayudándose de ellas el demonio, convierte á la luz en tinieblas, el espíritu en carne, la virtud en vicio, y todo se destruye. Para oponerme á estos peligros, luego que siento las visiones y locuciones que vienen por la imaginación ó sentidos, y percibo sus efectos, suspendo el crédito, adoración y culto interior y exterior; me pongo indiferente, y con presteza me valgo de la fe; y con ella busco á Dios, como me lo enseña; ejercito los actos de las tres virtudes teologales, no me detengo en los principios ni medios, sino que paso al fin; no doy lugar á que el demonio obre, ni atiendo á sus sugestiones; no consiento que la parte animal sensitiva goce de las dulces y suaves efectos de las misericordias del Altísimo, procuro dejarla desierta y no atenderla.; esta fuga es fácil, mirando á Dios que es el objeto que se lleva y arrebata las potencias, que animan á los sentidos; no me valgo de las hablas y visiones para divertirme en ellas, sino para despertador y motivo de ir á Dios, vivificar y fortalecer á la naturaleza, para que obre lo más perfecto, muera á las pasiones, y á todo lo terreno. Estos son los efectos que sólo admito.

20. En las visiones y favores intelectuales que me comunica el Altísimo, no se necesita tanto de las advertencias dichas, porque acompaña á la inteligencia una luz clarísima, y es lo que primero se percibe, que alumbra al entendimiento, y le llena de ciencia y verdad. Antes que haya lugar de dudar, se conoce grande certeza y seguridad de que va Dios en la. luz; despierta en el alma mucha advertencia, ordena y compone todas las potencias y sentidos, los encamina á lo que deben hacer, mortifica las pasiones, y las rinde. Cuando llega la presencia del rey Altísimo á su inteligencia, se infunde grande reverencia, temor filial y amor fervoroso, que todo lo manifiesta allí Dios eterno, y lleva de manera al ser de la criatura, que se pierde de vista á sí misma y á todo lo criado, y se llena de Dios, se engolfa y une con su Majestad de manera que sólo á Dios percibe. Los efectos admirables de estas inteligencias no son fáciles de referir; quédense para cuando hable de intento en ellas; de ésto y de lo demás escribiré largamente; con sinceridad contaré cuanto me ha pasado, y diré lo que se me ofreciere al entendimiento, sea natural ó sobrenatural, infuso ó adquirido. Lo que protesto y afirmo, quiero y aseguro á los prelados y confesores en nombre de Dios eterno, en cuya presencia estoy, que examinen esta obra; mi intención es no mentir, ni errar, no dar más ponderación á las materias que contienen en si mismas; si son naturales se entienda, si sobrenaturales se alabe al Autor de ellas; sea magnificado el Altísimo en los cielos y en la tierra, que obra por sola su bondad sin merecimientos míos. La causa de haber vencida la rebeldía de mi dictamen, que siempre he tenido á escribir los sucesos de mi vida, y la violencia de la voluntad para manifestarlos en papel, á más de lo que dejo dicho; de habérmelo mandado el Altísimo, la Reina del cielo, prelados y confesores, es haber sabido que muchas personas de las que me han tratado con piedad imprudente, y con solas conjeturas adelantadas, han añadido y mudado algunas cosas que disuenan de la verdad: porque quede apurada, y en ningún tiempo se halle cosa contraria á tan grande virtud, hago sacrificio de dolor y obediencia. También se han andado mis papeles en manos de algunas personas que los han trasladado y publicado; para oponerme á las dificultades y daños que de esto pueden resultar, declaro de mi letra la, verdad.

21. Y si estos escritos y los de la grande Reina del cielo llegaren á la noticia de algunas personas, les suplico puesta á sus pies, no les den más crédito, autoridad, calificación y aceptación de la que les diere la santa Iglesia católica Romana; cuya. hija soy, profesora acérrima de su fe santa y de todos sus artículos, sacramentos, mandamientos, definiciones, ritos, tradiciones apostólicas y eclesiásticas. Todo lo confieso, amo y estimo, lo pongo en mi corazón para ,que obre en mí frutos de la vida eterna.

22. En el nombre de la santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu santo, tres personas en la unidad de una esencia, con su divino favor y bendición empiezo á escribir lo que se me ha, mandada, que son los tratados siguientes.

        Primero, una suma breve de las vidas de mis padres, y la fundación de este convento que ellos hicieron, para que sus grandes virtudes, obras heroicas y las misericordias que el Altísimo ha franqueado con su pobre familia, sean reprensión severa de mi ingratitud y maldad.

        Segundo tratado lo que me sucedió en la niñez; cómo tomé el hábito de religiosa; los favores que la diestra divina me hizo de novicia; fervores primeros de la religión; comenzaron las cosas exteriores y públicas; pedí á los prelados las atajasen, al Altísimo ,las quitase:. concediómelo Su Majestad; los grandes trabajos que me resultaron.

        Tercero, el estado en que quedé; cómo dispuse mi vida con grande consuelo mío, retirándome del ruido que habían ocasionado las exterioridades: me dilató el Altísimo grandemente la capacidad interior para atender á la disposición divina y para recibir las inte­ligencias y favores del Señor, sin que las obligaciones de religiosa y prelada me estorbasen: mandóme el Todopoderoso lo fuese y cuidase de esta casa. El hábito de ciencia infusa que se me dió y los aumentos que hubo.

        Cuarto tratado; se intitulará leyes de la esposa, ápices de su casto amor, enseñanza de la divina ciencia: com­prende la disposición activa que se me pidió, y la pasiva, que me concedieron para escribir y declarar los encumbrados y escondidos sacramentos de la emperatriz del cielo María Santísima; lo que me sucedió en esta ocupación; el estado en que me pusieron cuando la concluí.

         Quinto tratado, el orden de la naturaleza humana que se me dió á conocer con el hábito de ciencia; los orbes celestiales y elementales, desde el cielo empíreo hasta el centro de la tierra, y lo principal que en ella se contiene encaminándolo al conocimiento y servicio de su criador, con doctrinas provechosas.

            Sexto, el orden maravilloso de la gracia; los sacra­mentos y justificaciones, y varios modos de comunicar­se el Altísimo con las almas.

Séptimo y último tratado, la gloria celestial, los premios que da el ser inmutable de Dios á los justos; lo primero que hace el bienaventurado cuando entra en el cielo; cómo lo recibe su Criador y Señor, la Virgen santísima Madre de Dios, los santos ángeles y bien­aventurados.