INTRODUCCIÓN

 

Altísimo Señor mío, criador y vivificador del universo, conservador de todo lo que tiene ser. Vos me le disteis y me formasteis con vida para que os conociese y amase, me compusisteis de espíritu y cuerpo en el vientre de mi madre, del cual nací para morir, y no sé cuándo, porque la hora es incierta, y Job me dice, que son mis días breves, que se marchitan como la flor, que pasan como la sombra, y que estoy repleta de muchas miserias y no en un estado permanente. Y a esto que en todos es natural, he acrecentado yo muchas culpas por mi flaqueza y héchome esclava de mis pasiones, he viciado mis obras ofendiendo a Vuestra Majestad; debiéndoos vida y misericordia, he pasado mis días vacíos sin darles el lleno de perfección que debía y para la que Vuestra Alteza me llamaba y encaminaba; torcí mis caminos y no enderecé mis pies a vuestro querer y agrado, y erré como oveja que perece; he recibido mucho con que ha crecido a gran número el cargo y empeño, y no he hecho obras dignas de alabanza para descargo, ni he sabido obligar a Vuestra Alteza, siendo el juez que me ha de tomar cuenta. Y acordándome, Señor, que Vos decís, no queréis la muerte del pecador sino que se convierta y viva, he querido arrojarme a vuestros pies, y suplicaros que me dejéis un poco para que llore mi dolor antes que vaya, y no vuelva, a la tierra tenebrosa, cubierta de la oscuridad de la muerte, tierra de miseria, donde habita la sombra del pecado y de la muerte; dejadme un poco que os ofrezca un corazón contrito y humillado, para que no le despreciéis; ea, Señor, dejadme un poco, para que restaure lo perdido, con vuestro favor y amparo, y para que lo poco que le falta a mi cautiverio viva según el espíritu y muera a la carne. Suplícoos, Dueño mío, me deis la mano y que me tengáis fuerte, porque el impetuoso río de mis miserias, pasiones, tentaciones y persuasiones mundanas me llevan volando; dadme, Señor, dadme la mano, que me anego, para que yo salga victoriosa y triunfante de vuestros enemigos y míos, y para que vuestras misericordias no se pierdan en la que más ha recibido y menos lo ha merecido. Mi padre sois y yo hija pródiga, pero ya vengo a Vos conociendo firmemente que fuera de vuestra casa y obediencia no hay consuelo ni vida, sino muerte y miserias; no merezco llamaros padre, ni el título estimable de hija, porque pequé contra Vos y contra el cielo, y he sido la peor de los hijos de Adán; pero siquiera como a uno de vuestros mercenarios, como a la menor esclava de las que comen vuestro pan, recibidme; no me arrojéis adonde merezco ni adonde no os alaban los muertos. Mirad, Señor, que vengo perseguida y acosada como la avecilla que siguen hasta darle alcance los cazadores y como paloma engañada; acogedme en el nido escondido de vuestro costado, y allí dadme habitación alta y segura adonde no llegan las olas de 1as tribulaciones que me cercan. Señor, los pocos días de mi vida os consagro y dedico, y yo me ofrezco por vuestra, con propósito firmísimo de no salir más de vuestro amparo.

Y para que yo en todo me ajuste a vuestro querer, os suplico alumbréis mi entendimiento para que en este librillo escriba las leyes que he de observar y los órdenes de vuestra voluntad, la fealdad del pecado y su abominación para que huya de él y no os ofenda, que es mi más eficaz deseo, aunque no le ejecuto como quiero; y que me deis luz de los beneficios que he recibido para agradecerlos; y que me señaléis las obligaciones de esposa para guardarlas, y los oficios que he de ejercitar en este valle de lágrimas. Y también deseo un espejo sin mácula, para que, teniéndole delante los ojos adorne mi alma para entrar en vuestro tálamo, y un ejercicio cotidiano para ocuparme todas las horas del día, y algunos documentos que me aparten de los peligros de esta vida.

Este tratado será las tablas donde escriba vuestra ley el despertador de mis afectos, el recuerdo de mis deseos, el fomento de mi amor, el fin de mis ansias y una suma de lo que Vuestra Alteza me ha ilustrado y de lo que mi Señora y Maestra la Reina del cielo me ha enseñado; y añadiré de lo que yo hubiere oído o visto y moviere más mi afecto para amaros; de todo haré un hacecito de flores para traerle en mi pecho. Dadme luz y encaminad mi pluma según vuestra voluntad; y mis ansias y suspiros miradlos, pues a Vos, dueño mío, no son escondidos; oídlos y dilatad mi ánimo y corazón, porque corra por el camino de vuestros mandamientos.

LEYES DE LA ESPOSA II

CONCEPTOS Y SUSPIROS DEL CORAZÓN

PARA ALCANZAR EL ÚLTIMO Y VERDADERO FIN DEL BENEPLÁCITO Y AGRADO DEL ESPOSO y SEÑOR

TRATADO PRIMERO

 

PARÁGRAFO PRIMERO

Da el Altísimo al alma luz para que vea el mal y la fealdad del pecado: amonéstala que huya de él y obre el bien.

 

Levántate, paloma mía, amiga mía y ven; oye e inclina tu oreja a la voz de tu pastor, apártate del mal y obra el bien, niégate a ti misma y levántate sobre ti, toma tu cruz, y crucificada a todo lo terreno, sígueme. Cordero sin mancilla soy, y el que abrí el libro cerrado de los siete sellos para la salud eterna de los vivientes; soy luz y camino para mi Padre, y el que me sigue no anda en tinieblas: pues a la claridad que doy en tu interior e infundo en tu alma, advierte que soy el que descendí del pecho de mi Padre, y, siendo tan infinito en perfecciones y atributos como El, tomé carne humana para buscar a las ovejas perdidas; y para más obligarlas, me vestí de su misma naturaleza, y para enseñarlas, industriarlas y regalarme con ellas: soy el que abrí las sendas y caminos para que los mortales tuviesen conocimiento de la Divinidad, el que obré la virtud y la comuniqué a los hijos de la luz: soy el que conozco y comprendo los pensamientos humanos, el que reduzco los corazones, el que mortifico y vivifico, el que premio y castigo, el que santifico y justifico: en mi diestra están las llaves del Altísimo, la virtud, potestad, poder y mando sobre todos los nacidos; impero, y a mi disposición se rinde todo: soy el Sol de justicia que entro en los corazones; si me abren las puertas de sus almas, las vivifico e ilumino.

Pues, tú, paloma, ponme patente tu interior, y advierte que soy el que te crié, conservé, llamé, busqué y el que te sustenté, el que te justifiqué  y llené de bienes, soy el que te perdoné tantas veces y libré de infinitos peligros: pues oblíguente, amiga mía, para que me escuches y oigas, los innumerables beneficios que te he hecho, el amor con que te los he comunicado, la perseverancia que en darte luz para que del todo no te perdieses he tenido; y pon fin a tus descuidos, acábense ya tus culpas, no seas más ingrata, determínate y sé fuerte en la ejecución que tomares; y con la lumbre de claridad que doy a tu espíritu como lucerna de vida eterna, mira el camino que quieres elegir de dos que pondré delante tu entendimiento.

En mi ser inmutable y eterno me estaba Yo antes que criase a las criaturas, sin haberlas menester para ser tan eternamente bienaventurado e infinito en perfecciones y atributos como lo soy hoy, y por sola mi bondad crié a las criaturas para comunicarles el impetuoso raudal de mis riquezas y tesoros, y, para tratar con los ángeles y los hombres y tener mis delicias con ellos, les di ser haciéndolos capaces de mi gracia y misericordias. Levantóse contra la razón y justicia Lucifer, y sus secuaces le siguieron, y no quisieron, debiéndome su ser y hermosura, sujetarse a que fuese levantada mi humanidad purísima sobre todas las criaturas, y que cuerpo y alma humano fuese unido a mi Divinidad, porque pretendían que la naturaleza angélica fuese preferida a la humana de que me había de vestir Yo. Y porque desobedeció y pecó, fue convertida la mayor de las hermosuras en la más abominable fealdad, fue arrojado desde las alturas a las profundas cavernas y despojado de la gloria y premios eternos y de mi vista beatífica. Y es tan grande la horrenda fealdad de este dragón, que, si una criatura humana le viese sin ser confortada de mi virtud, al punto moriría.

Pues esta antigua serpiente, envidiosa de que otras criaturas inferiores a él en naturaleza gozaran lo que él perdió, se enfureció y levantó banderas de maldad y perdición para los hombres; de manera que el demonio es autor del pecado y el que arrojó la semilla de él en los corazones de los primeros padres. Ordenó y levantó siete legiones de los que le siguieron, y a cada una les encargó que persuadiesen y tentasen a los hombres en los siete pecados capitales, soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza: y esto ejecutan con tan grande crueldad que llevan tras sí a muchas almas y las convierten en el más desdichado estado que hay ni puede haber.

Y los que obedecen a este cruel dragón, siguen el camino del vicio, en el cual se halla fabulación, maldad, fraude, precipitación, temeridad, inconsideración, terribilidad, inconstancia, ignorancia, astucia, dolo, hipocresía, jactancia, solicitud y cansancio, amargura y llanto; en este camino están todos los males juntos. Y porque quiero que en tu consideración desciendas en particular para que conozcas la fealdad y miseria del pecado, advierte que el que le comete, su faz se denegrece más que el carbón, y su alma es a mis ojos más abominable que todas las cosas horribles, y tan espantable a la vista de los hombres, si la viesen, como los demonios, y más contagiosa que el basilisco. Todas las enfermedades, calamidades, angustias, desprecios, tormentos y martirios que han padecido los hombres en lo temporal y corpóreo, no es tanto mal para la criatura como un pecado venial solo. Y si le comete mortal, es sin comparación mayor su dato, sujétase a los demonios, entra debajo de su jurisdicción y a ser tratada con su fiereza y crueldad, a experimentar su ira insaciable y a que le traiga como una rueda de molino o de tahona a la disposición de su perversa voluntad; la cual siempre está inclinada a que el hombre obre lo peor, y más vehemencia tiene en quererle destruir, aniquilar, condenarle a pena eterna y apartarle de su único y verdadero fin y bien que soy Yo, que tiene el fuego para subir a su esfera y la piedra para bajar a su centro; y más impetuoso y rabioso está para perder a las almas, que estuviera todo el corriente del mar, si le soltaran de un monte abajo. Por lo cual, el que por el pecado se le sujeta y a Mí me ofende, tiene sobre sí la rabiosa crueldad de los demonios, que, como alguaciles, están vengando mi causa y con que a ellos les es violento castigar a los que desobedecieron mis leyes y quebrantaron mis mandatos: son tan crueles contra los hombres que, por hacerles mal, se hacen con gusto ministros de mi justicia.

Es el pecado una carga inmensa que siempre tiene al hombre tan inclinado para el infierno y pena eterna que, si no se enmendare, caerá sin remedio y se le seguirá ese fin, como al fuego el calentar, y entrará en las cavernas eternales con ímpetu furioso, y nadie le podrá librar, si mi gran piedad no le detiene: y para que Yo lo haga, me tiene desobligado, porque el pecador es aborrecible y abominable a mis ojos y siempre está irritando mi justicia. Son los pecados en el hombre una cadena de hierro de muchos eslabones con que está atado y encadenado; y esta cadena llega hasta el infierno, y de ella está siempre tirando Lucifer y diciendo en su afecto, perezca, perezca, perezca para ín aeternum la hechura del que nos rindió, perezca el que se nos sujetó por el pecado, nuestro es, destruido sea el que en nosotros no escarmentó para aborrecer el pecado, nuestro es, nuestro es, aniquilémosle, pierda lo que se nos quitó de premio y gloria, y pues los pecados que nosotros cometimos, fueron maromas que tiraron de nosotros hasta lanzarnos en los infiernos, vengan con nosotros los que nos imitaron en aborrecer al Altísimo; que aunque hubiera estado en el cielo de la más alta perfección, si pecó y no se enmienda, ha de caer y seguirme a mi.

Considera, alma, qué maromas serán las de los pecadores de muchos años y de muy reiteradas culpas; que los malos hábitos que han adquirido con los viciosos actos, los tienen atados, oprimidos y sujetos a una esclavitud infernal, y están cercados de muchedumbre de males, como de ejércitos de leones, serpientes, toros, perros, basiliscos, tigres, sapos y otras muchas fieras que le atormentan con sus aullidos y bramidos, y le despedazan con sus bocas, le desgarran con sus uñas, como abejas le punzan, como gusanos le muerden, como polilla le roen; y todos estos animales, con la fortaleza de su fiereza mayor y más irritada, no pueden hacer tanto mal al cuerpo del hombre como un pecado solo a su alma.

Finalmente le sucederá lo que al siervo malo que debía a su señor diez talentos, y era tan grande deuda que, aunque vendiera a su mujer e hijos y a sí mismo, no bastara para pagar la mínima parte; pues es de infinito valor lo que el cristiano recibe, y no sólo no lo paga sino que en lugar de agradecimientos, da ofensas; es forzoso, según mi equidad y justicia, si no hace penitencia, que sea lanzado en las cavernas eternales, en las cuales los rodearán unas llamas crueles y lamedoras que se ajunten y conglutinen con sus almas y cuerpos, como sí fueran una misma cosa, y tendrán un fuego que los abrase, un frío que los penetre, la vista de los demonios que los atormente, y la conciencia del bien perdido que los desesperes; y sellados y cerrados en aquellas cavernas estarán para siempre sin fin, porque en aquel lugar ninguna redención hay. Pues, atiende, hija, a todos estos males para que hagas penitencia de lo que me has ofendido y propongas firmísimamente la enmienda no sólo de culpas graves, sino de la más pequeña culpa e imperfección.

 

PARÁGRAFO SEGUNDO

Muestra el Altísimo al alma el efecto del pecado por una consideración de San Bernardo, y la inconstancia de las cosas terrenas, para que de todas se desnude, aunque sean lícitas y honestas.

 

Mi siervo Bernardo dice, que vio cinco hombres que vorazmente comían y que trabajaban sin cesar ni sosegar por hartarse y satisfacerse.

El primero tragaba y engullía arena del mar con grande agonía. Y significa los que se entregan a la codicia de las riquezas, a procurarlas y congregar tesoros; comen de ellos y, por más que tragan, no se sacian ni satisfacen su apetito.

El segundo comía humo corrompido empleando sus cinco sentidos en hartarse. Y son los que se dan y entregan a las sensualidades y gustos terrenos,.que comen  y no los sacia, porque su sustento es corrupción y gravamen de pensiones.

El tercero comía llamas de la boca de un horno hasta hartarse. Y significa los que quieren venganza, y la toman de sus prójimos con el fuego de ira terrible y mordaz que arde en sus entrañas.

El cuarto estaba en el pináculo del templo engullendo y sustentando su apetito de todos los vientos con deseo de hartarse sin poderlo conseguir: que son los que apetecen dignidades y procuran dignidades y, aunque más tienen, no se hartan, y son esclavos de su deseo y de quien se le ha de cumplir y del demonio, alcanzándole por medios ilícitos.

El quinto comía de sus carnes mordiendo, cuando de sus brazos, cuando de sus manos y pies: que significa el que murmura de sus enemigos, y no se contentando con eso, detrae y dice mal de sus hermanos, amigos, de sus padres y prelados, aunque los hayan menester como a los pies y manos, porque este vicio a nadie perdona. Y dice Bernardo, que con comer estos hombres tan desmedidamente, estaban flacos, macilentos y hechos una ariesta.

Hija mía, no se saca otro fruto del pecado aun en esta vida, que el que por esta consideración puedes ver. Huye de cometerle, y antes mueras mil muertes que peques, y no te contentes con sólo no cometer pecados graves, pero ni veniales ni imperfección: toda quiero que seas limpia y pura, y que dejes y renuncies todo lo terreno que te puede impedir para el empleo de mi amor. Y advierte, que el camino del vicio su vista es amena, su senda anchurosa, promete gustos aparentes, deleites fingidos, regalos inconstantes, y sus dejos son amargos y lastimosos; tiene este valle de lágrimas riquezas, tesoros, plata, oro y piedras preciosas, pero todo es vanidad de vanidades y aflicción de espíritu: el que no tiene los bienes riquezas que el mundo estima, las desea con fatiga, las envidia con amargura y las busca con su perdición, es mártir de su apetito, y el castigo de su afán se prepara en el infierno, si no hace penitencia: el que ya posee tesoros, desea más, y nunca su ambición y apetito se sacia, y todo es una tahona turbulenta porque nada da gusto adecuado, y tanto le falta al que lo tiene todo, como al que no tiene nada, y si por imposible pudiera ser que una criatura tuviera a su satisfacción y posesión todos los regalos, delicias, riquezas y gustos del mundo, aun no quedara satisfecha y, menos pagada, porque todo es humo, que presto desaparece lo que place, y queda lo que amarga y aflige.

Todo es falaz, mentiroso, y está sujeto a corrupción y putrefacción. El hombre lo está a morir, a faltar en lo que promete por la inconstancia de su dictamen, y a la mudanza de su parecer porque nunca está en un estado permanente; hoy ama lo que mañana aborrece, y muchas veces persevera en amar lo que debe aborrecer; y está sujeto a mentir, porque todos los hombres lo hacen, como dice mi siervo David; todos miran a sus particulares gustos y fines, porque se aman mucho a sí mismos, y por conseguirlos fingen los medios de amor y buena correspondencia con quien se los ha de cumplir, y en alcanzándolos le aborrecen, y más, si se los niegan, sean lícitos o ilícitos: conque andan las criaturas en una tahona miserable, embebecidos y ocupados.

Si quieres verdaderamente seguirme, niega todo lo momentáneo, porque no se pueden compadecer en un sujeto la luz y las tinieblas, el pecado y la gracia. Yo te conjuro y amonesto, que en ti no haya descuido por pequeño que sea, niega tus gustos, apetitos y voluntad, y todo me lo sacrifica y ofrece a Mí; niega lo momentáneo, y si quieres ser perdonada de tus pecados y vuelta a la primera gracia, ha de ser ley inviolable para ti los documentos que en este librillo te daré. Y no has de hacer como hasta aquí, prometer y quebrantar, sino que con fuerza eficaz has de cumplir mis consejos con aseguración de mi palabra, que si no lo haces, serás repudiada y arrojada de mis regalos y delicias, y apartada de mi rostro, y te quedarás en un estado miserable y sólo natural, y te suspenderé la luz abundantísima que te comunico. Y para que no venga sobre ti este castigo en esa vida mortal y en la eterna el de la condenación, has de observar lo siguiente.

Lo primero has de renunciar de todo corazón y afecto lo terreno, sin exceptuar cosa humana ni por razón de conveniencia ni por causa justa a tu parecer, porque en tu natural blando es fácil pasar de lo bueno a lo malo, de lo perfecto a lo imperfecto, de lo que es según razón a lo que es muy sin ella.

Y, después que hayas vuelto las espaldas a todo lo criado y puesto los pies sobre ello, te has de negar a ti misma protestando de no tener inclinación ni apetito cumplido, ni a ninguna criatura humana has de amar particularmente, sino a todas en general con caridad perfecta y bien ordenada, quita el afecto de quien te le ha llevado. Yo te pongo precepto de esposo de que no ames jamás íntimamente a nadie, y, si por obligación honesta y loable no pudieres dejar de agradecer lo que te han beneficiado, remíteme a Mí que se lo pague, y tú no quieras empeñarte ni obligarte con criaturas; no te lleve objeto ninguno más atención y voluntad, que la razón bien ordenada enseña: para ti no ha de haber ya criatura señalada que te lleve el afecto, ni a ninguna inviolablemente has de tocar ni aun con las manos; ni por ninguna causa ni razón, aunque sea mujer, la has de mirar al rostro, y mucho menos a hombres; ni has de atender a ellos, pues, según tu estado, es obligación hacerlo, y en esto no has de tener dispensación ni descuido con ninguna condición de personas: y advierte que estos documentos y doctrina los has tenido muchas veces, ejecútalos y acaba ya de ser fiel a tu Esposo y Señor.

 

PARÁGRAFO TERCERO

 

 Amonesta el Señor al alma a que se levante de lo terreno y trabaje por las culpas que ha cometido, para obligar a Su Majestad a que la perdone y libre del peligro del pecado y miserias de esta vida.

 

Hija mía, que por tus culpas te saliste de mi casa y protección no una vez sola, como el hijo pródigo, sino muchas, disipando y perdiendo muchas riquezas, levántate y ponte en pie, quita las cataratas de tus ojos, desengaña tu entendimiento, alienta a la esperanza, fervoriza la voluntad, sacude de ti la tibieza y confiere en tu interior qué estado y vileza es el de la culpa, determínate con fortaleza a huir de él y obrar el de la virtud, aprecia el bien, aborrece el mal, qué te detiene, qué aguardas. Advierte y mira, que tienen número los pecados de los hombres, y está señalado, para que llegue a ellos mi ira e indignación, y el que más beneficios ha recibido, antes se le cumplirá, porque en el más beneficiado de mi mano es mayor la culpa y mi enojo contra él, cuando la comete. Pesa lo que me has ofendido con lo que de Mí has recibido, y teme, y mira bien la gravedad de tus pecados y lo que es justo trabajar para aplacarme, obra el bien con fortaleza y magnanimidad sin retroceder atrás un punto, ya basta lo que te he perdonado, no me enojes más, ábreme la puerta de tu corazón, pues tantas veces he llamado a ella tan misericordiosamente, mita no te suceda que me vaya y que, cuando me busques, no me halles; advierte que tu natural pide cuidado, tu ignorancia advertencia, tu descuido fervor, tu flaqueza fortaleza, tu inconstancia perseverancia.

Pues considera, alma, 1os daños y desdichas que se les siguen a las culpas, que por mucho que lo consideres y mires, no conocerás su gravedad; llora tus pecados y, para que mejor lo hagas, numéralos, y añade las circunstancias que los agravan más, de haber reincidido muchas veces y vuelto a cometer lo que tantas te he perdonado, andando como en porfía, tú en ofenderme y Yo en perdonarte, imitando como dice Pedro mi apóstol, al perro que lo que vomitó, vuelve a comer, y al gruñente que vuelve a revolcar en el cieno de que se lavó.

Advierte, alma, que soy juez severo y que te he obligado perdonándote, llamándote, acariciándote, buscándote y llevándote como buen pastor sobre mis hombros. Ya es tiempo que me respondas, y que creas y esperes de mi bondad, que prendas bastantes te tengo dadas de mi amor, para que me correspondas con afecto de hija fiel; mira que no te suceda lo que al infiel siervo que lo ataron de pies y manos y lo echaron en las tinieblas eternales entregándole a los verdugos infernales: advierte, si pecas, la fealdad en que te convertirás, pues, siendo criada a mi imagen y semejanza y de rara hermosura, estando en gracia, si la pierdes, te harás bestia y con costumbres de animal y hábitos viciosos y movimientos feos, prevaleciendo el vicio contra la razón, la carne contra el espíritu, levantaráse la esclava contra la señora, y, si tú te rindieres a las pasiones y al vicio, sierva serás del que te sujetó. Humíllate de corazón, clama a Mí de lo profundo de tu alma para que te tenga de manera que no caigas, llega a mi piedad contrita y deseosa de enmendarte: y también te has de humillar a mis criaturas, porque pecaste y faltado a mi fidelidad, considerando que el que comete sólo un pecado, por rigor de justicia, es merecedor de todas las deshonras que han tenido los hijos de Adán, y de todos los trabajos de los vivientes y de cuantas calamidades han padecido, y de las enfermedades y aflicciones que han pasado. Pues, según esto, saca de tus culpas algún bien, humillándote hasta el polvo, ofreciéndote a padecer con gusto todo lo que se te ofreciere, juzgándote por merecedora de mucho más, y advierte que no hay cosa más aborrecible a mis ojos que el pecador sea soberbio, y el que ha sido muchas veces perdonado sea altivo, y el rescatado muchas veces de las cavernas eternales sea vengativo.

Alégrate con las contumelias y desprecios, arrójate a los pies de todos y tente por indigna de tan eminente lugar para ti; pégate con el polvo porque seas perdonada, y, aunque los pecados que conoces, te pueden hacer este efecto, cree que tienes otros muchos que no conoces, a los cuales llama David ocultos, pero no lo son para Mí que te he de juzgar; y son ocultos, o porque te olvidaste de ellos por ser muy sutiles, interiores y de vanidad, soberbia, juicios faltos de caridad y movimientos siniestros; y de todo te quiero limpia y pura, y que de tu parte trabajes por no cometer falta por pequeña que sea. Y, aunque en tu vida no me hubieras hecho ninguna ofensa, sólo por ser Yo quien soy y haberte dado el ser, debieras trabajar sin cesar y amarme sin medida; pues habiendo pecado, debes trabajar hasta fatigarte, y no cesar hasta que mueras, padecer sin quejarte, no juzgar te hacen agravio aunque todo lo criado se levante contra ti, y te persigan, destruyan y maltraten.

 

PARÁGRAFO CUARTO

 Muestra el Altísimo al alma la suavidad de su yugo, la hermosura de su ley, la verdad, pureza y feliz fin del camino de la virtud.

 

Esposa y paloma mía, para rescate de las almas y libertad de las criaturas que Yo crié a mi imagen y semejanza, para destrucción del pecado y quebranto de los demonios            bajé del cielo a la tierra, descendí del pecho de mi Padre a tomar carne en las entrañas purísimas de mi Madre, haciéndome pasible para satisfacer a la divina justicia, que como la ofensa fue hecha a Dios eterno, había de ser la satisfacción infinita. Y, aunque es verdad que el primero motivo de tomar forma humana fue la unión de las dos naturalezas, divina y humana, y que hubiese una persona perfecta e inculpable por naturaleza que fuese cabeza de los demás hombres, el descender de las alturas pasible fue por remediar el pecado y sus efectos padeciendo, y para abrir las puertas del cielo a los que la culpa se las habían cerrado, vestí mi Divinidad con la humanidad y fue unida hipostáticamente a mi ser inmutable. Y en contraposición del dragón de las siete cabezas y para desvanecer y destruir su soberbia y los efectos viciosos que causó en los corazones de los primeros padres y sus descendientes, elegí la pobreza, desnudez, desprecio, abatimiento, angustias, trabajos, penas y muerte ignominiosa de cruz. Y pudiendo satisfacer a mi Padre por los pecados de los hombres con el primero acto que hice en tomando forma humana, quise hacer tantos y tan penosos, por ser verdadero ejemplar a mis amigos y siervos, porque no careciesen de los copiosos frutos que en el cielo y patria celestial se les da a los que padecen. Cargué sobre Mí todo lo áspero y penoso de los dolores por suavizárselos a los hombres, y les enseñé ley pura, limpia, inmaculada y perfecta; abrí sendas y caminos para el descanso eterno de verdad y dulzura, áspero pero seguro, porque mi reino padece fuerza.

En este camino se halla descanso en el trabajo, alegría en la tristeza, vida en la mortificación, consuelo en la tribulación, en las lágrimas pan y en el sembrar con ellas coger con alegría; es camino estrecho para la carne, para el espíritu dilatado, muerte para lo imperfecto y vida para lo bueno; en este camino hallarás suavidad, alegría, seguridad, gusto, agrado, satisfacción y todos los bienes juntos, mi amistad, protección y amparo. Soy todopoderoso y todo lo que quiero puedo ejecutar sin que nadie me lo contradiga, y quiero siempre lo mejor para mis amigos, y con ellos tengo mis regalos y delicias; si sigues este camino de la virtud y mis pisadas, hallarás en Mí padre, esposo, amigo, protector, defensor y fiel amante, porque soy fino en afectos, fiel en mis promesas, liberal en enriquecer, poderoso en favorecer, justo en premiar, misericordioso en perdonar, para los soberbias soy fuerte, para los flacos benigno. ¡Oh alma! si me sigues con fervor y perseverancia, cómo hallarás en mi amistad abundantes tesoros. ¡Oh, si creyeses, cómo serías prósperamente enriquecida de mis dones, iluminada de mi sabiduría, ¡oh, si murieses a todo y de corazón te entregaste a Mí como a tu dulce esposo y amante, gozarías de mis estrechos abrazos! y ¡qué gusto y agrado me darías!

Mira este camino que pongo delante de los ojos de tu entendimiento, que es santo, cierto, aceptable, deleitable, honesto, loable, hermoso, seguro; el que camina por él no anda en tinieblas. Advierte, que te espero, y si como te llamo me respondieses, y si como te quiero fueses, qué grandes y heroicas obras harías, qué hermosos serían tus pasos, hija del príncipe, qué altos tus pensamientos, qué dulces tus palabras. Mira, amiga mía, que soy tu querido y amado, y te espero; advierte para el fin que te quiero, y el que tiene el camino que te represento, que es el descanso eterno, y en ese valle de lágrimas que halles el centro último del amor, que es la unión Conmigo, que soy todopoderoso, santo, perfecto, hermoso, escogido entre millares y mi forma especiosa entre los hijos de los hombres. Acaba ya, camina, llega, llega a tu fin, que para grosera e ingrata bastan las culpas que has hecho, acaba con ellas, y renuévate en las cenizas de tu conocimiento y levántate a la esperanza de mi amor y regalo.

Y si dices quieres responder a la fineza de mi amistad, advierte que te conjuro y amonesto, que en ti ha de haber grande estima de lo que te favorezco y humildísimo agradecimiento, y en esto jamás has de tener descuido ni inadvertencia, ni imperfección voluntaria, ni duda de la luz que te doy, con juzgarte por indigna por tus muchos pecados, que, aunque han sido grandes, hoy los aborreces y estás dispuesta a la enmienda; Yo, si la tuvieres, a perdonarte, para que resplandezca mi piedad en favorecer a la que menos lo merece y más poco vale entre los hijos de Adán.

Niégate a ti, a tus apetitos, gustos, inclinaciones y pasiones, y, si lo hicieres, en esa vida hallarás satisfacción de conciencia, poseerás el testimonio de ella, y en la eterna premio copiosísimo tan grande y abundante que no puede caer en entendimiento humano, y todas las lenguas de ángeles y de hombres son tartamudas para explicarlo.

 

PARÁGRAFO QUINTO

 

 Declara el Altísimo al alma que la quiere levantar a estado de perfección: pónela una parábola para que conozca lo que debe a Su Majestad y lo mucho que la ha favorecido y regalado.

 

Amiga y esposa mía, aunque tu flaqueza es grande, quiero en ella hacer un ostentoso asombro de mi gran piedad y misericordia, y levantarte a gran perfección, si de tu parte trabajares, a una habitación alta y encumbrada, adonde no alcancen la malicia de los hombres ni la sagacidad de los demonios, si tú no te bajas y arrojas de ella. Pero primero que subas allá, quiero que veas claro, quién he sido para contigo y quién tú para Conmigo, mi liberalidad y tu cortedad, mi fineza y tu grosería, lo que te he favorecido y lo mal que me has retribuido, para que en el estado que te quiero poner, estés pegada con el polvo y humilde hasta la tierra, y que, aunque te veas levantada del estiércol, no olvides de dónde viniste a tan grande altura. Pues, oye una parábola que te ha dicho el Padre espiritual que te gobierna, y con la luz que alumbro tu entendimiento, conocerás su interpretación.

Érase una mujer pobre, desandrajada, leprosa, rota, llena de llagas y miserias, arrojada en el rincón de un muladar, sin quien hiciese caso de ella, ni se dignase ni atreviese a mirarla, porque no los inficcionase. Fue su buena dicha, que un señor muy rico y poderoso la miró, y compadecido de ella, la curó sus llagas y lepra, la limpió, vistió, aliñó, y la enriqueció y adornó con grandes y ricas joyas, le hizo copiosas limosnas y mercedes con que pudiese remediar a otros pobres de su linaje, y mandó a los criados de su casa, que la regalasen, sirviesen y asistiesen, de suerte que todos se maravillaban y conocían estaba enamorado de ella y que quería hacerla gran señora y esposa suya, y que olvidase las antiguas miserias, condiciones y vilezas de costumbres en que se había criado, y deprendiese a ser honrada y parecerlo.

Esta tal pobre, llena de tantos favores, por inducción de un falso, envidioso enemigo del señor y suyo juntamente, por la inclinación a groserías que no había acabado de perder, dio en avarienta con otros pobres hermanos suyos y en desagradecida e ingrata al señor que la curó y benefició, negándole los beneficios recibidos, haciendo poco aprecio de ellos y olvidándolos como ingrata, dudándolos por hallarse indigna de ellos sin advertir la misericordia y piedad del que se los dio, de que le nació el aborrecer el ser privilegiada. Con todo eso, el señor que la quiere bien y desea que ella se deje amar y enriquecer, persevera en acariciarla y solicitarla, y lo haría mucho más si ella le escuchase y correspondiese, venciendo a su enemigo que pretende lo contrario. Pero viendo que siempre se muestra grosera, ha querido despreciarla y dejarla despidiéndola de sus favores, y lo hubiera hecho, si una señora, que llaman todos reina, no se lo hubiera estorbado saliendo ella fiadora de esta pobre desagradecida. Tú, alma, eres ésta; pues pondera lo que me debes y trabaja por el cumplimiento de mi voluntad.

 

PARÁGRAFO SEXTO

 

  Da el Todopoderoso al alma luz de la perfección y alteza del estado de religiosa, y amonéstala a cumplir con las obligaciones de él.

 

Querida y amiga mía, advierte que entre los beneficios que te he hecho, quiero ponderes por grande el de la vocación y llamamiento a la religión, y te mando no olvides las circunstancias que has tenido, más que otros, para que lo ejecutares, que son ponderables, dignas de admiración y agradecimiento. Y el mayor que me puedes dar, es que cumplas con las obligaciones de este estado y de fiel esposa mía. Y para que lo hagas, te quiero decir brevemente qué es ser perfecta religiosa y según mi agrado y beneplácito.

Lo primero, es un sacudir los pies del polvo de Babilonia y de la terrenidad humana, dejar lo momentáneo y transitorio y pasar a buscar el bien eterno: es una división de la luz y las tinieblas, y elegir la lumbre de la verdad reprobando la oscuridad de la mentira: es una dejación del castigo dado por el pecado y huir de la miseria de la propagación humana, y salir de la servidumbre merecida por el primer pecado y subir a la libertad de hija adoptiva de la primera gracia: es dejar de ser animal en la generación humana y alcanzar costumbres angélicas, sacudir el entendimiento de la oscuridad, de los movimientos terrenos y disponerle para la ciencia divina y resplandores de la lucerna que Yo doy a los limpios, como Cordero sin mácula. Es el estado de perfecta religiosa cumplir en parte con la primera voluntad que tuvimos las tres divinas Personas de que la criatura se conservase en alma en gracia y el cuerpo en pureza, y para ser esposa mía así quiero lo procures con todo cuidado y veras:   Es el estado religioso una renunciación de cuidados,  afanes y codicias mundanas, un morir a la terrenidad grave y a la carne y vivir según el espíritu, resucitando a una vida espiritualizada y celestial; es volver las espaldas al mundo y mirar al cielo, y pasar a una habitación alta y encumbrada, y sentarse en soledad en los atrios y zaguanes de la casa de mi eterno Padre, y estar a la vista de sus lumbrares; es un estado levantado de todos los moradores de Babilonia y una región longíncua de los parientes; es un morir en vida, y mortajarse con el hábito, y enterrarse en la clausura del monasterio, y resucitar al espíritu para vivir una vida celestial e imitadora de mi humanidad, que como Esposo se han de seguir mis pasos. Es el estado religioso renunciación de todas las operaciones de hija de Adán, y donde no es razón que haya irascible, ni concupiscible, ni efectos de pecado, pasiones, ni apetitos cumplidos, sino muertos, y tan mortificados que no se turbe ni inquiete el alma por suceso humano, sino que en tranquilidad goce de mis regalos y caricias.

Esto es, esposa mía, ser perfecta religiosa, ejecútalo todo en agradecimiento de que te elegí para serlo. Observa con gran puntualidad todos los institutos de tu regla y constituciones, sin jamás dejar ninguno, pues por ellos te prometen la vida eterna; y, si los guardares, de nuevo te la prometo y aseguro Yo. Observa las leyes de tu profesión sin faltar a la menor, aunque sea besar la tierra; y en esto has de ser fuerte y obligarme como a tu Esposo amado; y quiero que muestres en su ejecución el afecto que me tienes y el que quieres que desde hoy te tenga, que es cuando quiero principies a ser mi fiel esposa y amiga, cumpliendo con la observancia de lo poco y de lo mucho; ninguna ceremonia, mandatos de regla ni de constituciones tengas por pequeño ni los desprecies por tal, que en el menor están encerrados grandiosos premios y mucho de mi sagrado y gusto. No hagas las ceremonias religiosas por sola costumbre ni con poco afecto, sino con fervor y devoción, considerando que está tu aprovechamiento y merecimiento en eso.

Y pues te he puesto por custodia de mis esposas y por prelada suya, guarda tu viña y la suya y no dejes la una por las otras y n faltes a la humildad y observancia de tu obligación particular por la general de tus súbditas. Sé sierva de todas y la menor entre ellas; jamás por ser prelada rehúses los actos humildes y oficios bajos, pues es mejor enseñanza la del ejemplo que la de querer dominar con. superioridad; y en las ocasiones que no puedas excusar el presidir, está con la consideración y afecto a los pies de todas; y en tu corazón júzgate por la menor. Ámalas como a ti misma y procura su salud espiritual y corporal como la tuya, y los medios que pones para tu salvación les amonesta los ejecuten ellas.

No te señales con ninguna, sino con igualdad grande las gobierna, que la parcialidad es viciosa y destruidora de las comunidades, y no amando a ninguna en particular, se le quita el fomento a la concupiscible, y la ocasión a la irascible. Haz que se amen unas a otras y que se ayuden con caridad fraternal, y, si en esto faltaren, castígalas con vara de hierro de manera que ellas entiendan les procuras su paz y frustrar los intentos del enemigo, que las desea ver discordes más de lo que ellas conocen; y por esto infundí en tu corazón, cuando te dieron el oficio, tanto amor a 1a paz de tu comunidad. Y te advierto que lo que más desea el infierno de los religiosos y religiosas es la discordia, y lo que Yo más quiero de todos es la paz, como lo manifesté en la doctrina que di a mis Apóstoles.

No dispenses en la Regla y Constituciones con tus súbditas por ningún caso, razón, ni calidad de personas, porque a ninguna deberás lo que a tu Esposo. Y el día que por las criaturas faltas a las observancias de la Religión y obligaciones de tu oficio, cometes traición a mi amor. Ya sabes que no se puede servir a dos señores, y que mis pensamientos son muy distantes de los de los mortales. Si te mueve caridad, de ti ha de nacer la bien ordenada; y para con los seglares se puede ejercitar esta virtud sin faltar al coro y comunidades; y mejor es obligarme a Mí que soy el que mueve los corazones que contemplar con las criaturas inconstantes e imperfectas que prometen y faltan, y si quieren favorecer, no pueden lo que conviene. Y Yo te doy mi real palabra que si, por acudir a mis alabanzas y tus obligaciones, faltas a los seglares y dilatas el consolarlos a tiempo desocupado, Yo supliré en ellos lo que tú por Mí no hiciste; y después te daré más abundante luz para que les digas lo que les conviene, en premio de que en primer lugar y sin atender a respetos humanos miraste mi causa.

Si lo haces por interés y porque te sustenten con limosnas tus religiosas, porque el convento es pobre, y esto te facilita más el faltar por las criaturas a tus comunidades, advierte que Yo soy el que concurre a las causas naturales y el que doy el incremento para que los frutos crezcan, y quien los conserva, y mueve las voluntades de los hombres para que hagan bien; y lo dispondré de manera que a ti ni a tus súbditas no os falte, si me fuereis fieles. Y cumpliré lo que tengo prometido, que, si cuidáis vosotras de servirme, Yo cuidaré de ampararos; y esto mejorar es de procuradores y de dueños que los favorezcan, pues los hombres son coartados y de virtud limitada, quieren y no pueden, y Yo puedo todo lo que quiero. Y no te aflijas porque tu convento sea pobre, ni te afanes porque sea rico, que mi voluntad es que no os falte lo necesario, y también de que no os sobre, porque la abundancia no os haga soberbias, y la riqueza de bienes temporales pobres de espíritu.

  

PARÁGRAFO SÉPTIMO

 

 Da el Señor doctrina al alma para que mejor observe los documentos que le ha dado, y los oficios que ha de ejercitar en este valle de lágrimas para alcanzar la perfección.

 

Esposa y amiga mía, para que mejor ejecutes mis documentos y el beneplácito de mi voluntad, quiero que hagas en tu persona tres distinciones y modos de obrar, para que con más facilidad y perfección puedas gobernarte y cumplir con las obligaciones en que te he puesto y quiero de nuevo ponerte.

La primera es el buen empleo de tus potencias interiores.

La segunda el buen uso de los sentidos exteriores.

La tercera la puntualidad en cumplir con los ejercicios de penitencia y ceremonias de la Religión.

La primera, que es el empleo de las potencias interiores, cosa humana, ni los demás ejercicios exteriores, le han de pervertir ni inquietar. Tú has de poner tu vista interior en mi ser; tu entendimiento por fe le ha de mirar, y contemplar todos mis atributos y perfecciones, verdades católicas, misterios de la Iglesia santa, mi ley y preceptos; y la memoria los ha de tener presentes, y la voluntad amarme por ellos; en esto íntimo y superior del alma has de estar siempre atenta y recogida. En este sagrado y lugar oculto te enseñaré mi ciencia infusa y de lo que de ti gusto y quiero, y allí ordenaré en ti la caridad; de esta habitación alta jamás has de descender, que es en lo superior de tu alma,    desde donde Yo pongo una senda oculta para que camines por ella a mi divinidad, y Yo me comunique contigo sin estorbos de los enemigos envidiosos; aquí has de enderezar tu intención, hacer en todo lo más perfecto, santo y puro; has de estar como los bienaventurados a mi vista, haciéndote patente la fe e inteligencia, lo que a ellos la visión beatífica, y Yo enviaré mi iluminación para que sepas qué quiero de ti y lo que te amo, y obres después como esposa carísima; este ha de ser tu propiciatorio adonde acudas con tus deseos y ansias afectuosas, con tus tribulaciones y dudas; que me hallarás propicio para obrar en ti lo mejor y más santo, si tú no me lo impides; éste ha de ser el sancta sanctorum adonde Yo solo he de entrar como sacerdote sumo y dueño de tu alma; en este secreto has de conservar el fuego del santuario con que cebes y fomentes mi amor; donde conocerás de Mí lo que no te es posible escribir; entenderás de mi sabiduría lo que los oídos materiales no pueden percibir; y allí me dirás lo que tus ansias desean, y tu lengua no puede formar; y te reclinarás sobre mi mano siniestra, que es la humanidad, y con la diestra, que es la divinidad, te recrearé, iluminaré, favoreceré e ilustraré.

Para estos ejercicios espiritualísimos y operaciones de tus potencias no ha de haber ocupación humana que te estorbe, ni ángel, ni potestad, ni los demonios, ni hombres amigos, ni enemigos, ni la altura, ni lo profundo, lo próspero ni lo adverso, la pobreza ni la abundancia, las enfermedades ni la salud, la flaqueza ni las fuerzas, el oficio ni las súbditas, nada te ha de impedir ni obligar a perder tu paz, porque a todo puedes acudir sin perder de vista este norte, y, si no es por culpa tuya, no será, porque a esta habitación alta no llega criatura angélica ni humana, pero si de ella te salieses tú y te arrojases a lo terreno dejándote engañar y persuadir de los enemigos, qué castigo merecerías a más de los bienes y tesoros que perderías; no hagas tal absurdo, no te aborrezcas tanto, ni a Mí me seas tan ingrata e infiel.

Y para que a esta senda oculta, por donde me he comunicar contigo y tú has de conocer lo escondido de mi amor, no lleguen los enemigos, y te turben y roben tu tesoro, es necesario que ejecutes la segunda orden del buen empleo de los sentidos. Cierra estas ventanas a los tres enemigos, demonio, mundo y carne, y ponles muro de la verdadera mortificación de tus sentidos. Y para decirte brevemente la que has de tener, te amonesto y mando que no uses de ellos, si no es lo que no puedas excusar para vivir y ser conversable entre criaturas, pero a ninguna has de ver, ni hombre ni mujer, ni especies, ni imaginaciones suyas han de entrar en tu interior, ni hablarlas si no eres preguntada o fuera menester para amonestar, consolar o reprender alguna, ni has de oír a hombre si no fuere para reprenderte, gobernarte, enseñarte o injuriarte, que esto quiero oigas con mansedumbre; y a todas las lisonjas, caricias, agasajos y alabanzas vanas has de cerrar tus oídos y, como dice la Sabiduría [48], cerca tus orejas de espinas, porque todos sepan que no te han de contar fabulaciones que disuenan de mi ley y no son como ella. Los olores buenos han de perecer para ti; los malos no has de rehusar por padecer por Mí. El tacto no ha de tocar sino cosas ásperas, groseras, y jamás has de llegar a criatura humana, hombre, mujer, ni niños, ni ellos a ti, porque en todo quiero obres lo mejor y más perfecto.

La tercera distinción y orden es que no faltes a ninguna de las ceremonias de la Orden ni al culto exterior que se le debe a mi ser inmutable; y en esto jamás ha de haber dispensación por ningún caso ni suceso, sino que quiero que cumplas con la menor ceremonia con toda perfección y que a ninguna faltes, sino que con afecto devoto las hagas, negándole a tu natural y concupiscencia todo el descanso que apetece.

En el culto y reverencia cristiana exterior has de ser tan especial y devota que quiero des grande ejemplo a tus súbditas, y al infierno y todos los demonios hagas temblar. Siempre has de estar en mi presencia en pie o de rodillas, sino es cuando toda la comunidad se asienta, y no arrimada ni recostada, que es grande desacato. En los ejercicios de cruz, mortificaciones exteriores del refectorio, oraciones, jaculatorias, disciplinas y penitencias, guardarás inviolablemente el orden que en el ejercicio cotidiano pondrás al fin de este librillo, y, si por flaqueza o enfermedad hubieres de dejar de hacer algo, no sea por tu parecer, porque el amor propio y la atención no te persuada a que es necesidad verdadera la que es falsa y fingida, sino déjalo por quien te gobierna y rige. Y mira cómo informas, porque la concupiscencia busca muchas excusas, y pide con humildad que te señalen alguna cosa que hagas para que suplas por la obediencia lo que dejas de tus devociones.

Los oficios que has de tener, como esposa mía, son amar y padecer; amarme a Mí sobre todas las cosas y con todas tus fuerzas y afecto,  y padecer la violencia que padece el reino de mi Padre, y las persecuciones que tendrás de los demonios, y las persuasiones de los hombres, para apartarte de tu paz. Y siempre quiero, que estés crucificada con mi temor, y puesto tu corazón en una prensa, y 1a tabla de abajo de ella ha de ser tus muchas culpas e imperfecciones, y la de arriba los beneficios recibidos, la llave que ha de dar vueltas el tiempo pasado malogrado y perdido y el futuro en que esperas la muerte, y así prensado el corazón ha de dar olor de humildad y despedir el bálsamo del agradecimiento para mi agrado y beneplácito.

Y antes de entrar en mi tálamo y escrituras de mis desposorios contigo, quiero que entres a la escuela y enseñanza de mi purísima Madre, que Ella te instruirá en lo que debes hacer, y te manifestará el adorno que has de tener, cómo has de guardar los votos de tu profesión. A Ella has de tener por maestra, por madre, y a sus virtudes y vida por dechado para copiarla, según tus flacas fuerzas ayudadas de la gracia alcanzaren; y también ha de ser tu espejo adonde te mires y adornes para entrar en lo escondido de mi amor. Este bien y fruto quiero que saques de haber escrito la vida de mi Santísima Madre.

TRATADO  SEGUNDO

 

PARÁGRAFO PRIMERO

 

 Amonesta la Emperatriz de las alturas al alma para la verdadera renunciación de todo y para la eficacia de los impulsos divinos.

 

Ven, hija mía, óyeme e inclina tu oreja a mis palabras y tu voluntad a mi obediencia; advierte atenta, y discurre codiciosa los afectos que la divina providencia ha despertado en tu alma, para que, desnuda de todo lo momentáneo y terreno, busques la verdad eterna, la abraces y la obres con fortaleza. Y cuántas veces, compelida de la luz que alumbra tu entendimiento para conocer que todo lo criado es vanidad de vanidades y aflicción de espíritu, has conferido en lo escondido de tu corazón y en lo superior de tu espíritu, que todo es engaño y que sólo en amar a Dios y obrar la virtud se halla descanso y verdadero gozo. Y obligada de estas verdades has afirmado en presencia del Señor muchas veces que sólo a Su Alteza quieres amar, buscar y servir; y a Su Majestad y a Mí nos has dicho con afectos muy repetidos, que ya es tiempo de que sigas la luz y dejes las tinieblas. Y también has discurrido en lo escondido de tu interior con la divina inspiración, que en este valle de lágrimas toda criatura tiene alguna ocupación u objeto a quien amar y entregarse de voluntad; unos, padres a quienes reverencian y estiman; otros, hijos a quienes tienen en sus entrañas; otros, hermanos que de corazón aman; otros, amigos con quienes se hacen una misma cosa par afición; otros, tesoros y riquezas, honras y vanidades, de que se hacen esclavos y siervos. Y viendo tú con luz infusa, cuán lleno de falacia y mentira está todo lo terreno y cuán engañoso es, has dicho, volviéndole las espaldas y causándote horror su falsedad e inconstancia, ya, ya tengo amparo y ocupación en que emplearme, y objeto a quien amar; y pues es de tan noble condición, tan excelente y altísimo, quiero entregarme al más fino y ardiente afecto. Hiciste elección tan acertada, porque la lucerna del Cordero te alumbró, para que sin engaño eligieses al Criador del universo para dueño de tu voluntad; y porque, enamorada y llevada de algún objeto criado, quedases más presa y dulcemente cautiva, te dedicaste a amar a la humanidad santísima de mi Hijo y también a Mí. Y te has aficionado de la doctrina que los Evangelistas escriben en los Evangelios del Salvador del mundo, y el corazón se te inclina a seguir sus pisadas divinas y las mías; pues ya, hija mía, llegó el tiempo de que ejecutes estos deseos y pongas por obra tus ansias; ya te salimos al encuentro, y porque nos buscaste, nos hallas; porque llamaste, te respondemos; porque pediste, te damos.

Pero quiero, que adviertas y mires en la obligación que te ponemos y lo que de ti queremos. Bien sabes que, oyendo con la perfección que mi siervo Francisco negó y renunció todo lo terreno en manos del Obispo de Asís, arrojando hasta el vestido que llevaba y desnudándose aún del afecto natural que tenía a su padre, dijo, ya desde hoy diré, Padre nuestro que estás en los cielos; de todo esto fuiste movida fuertemente y de que tan perfectamente siguieses las pisadas de tu Redentor; y con lágrimas te convertiste al Señor, y le representaste tus ardientes deseos de seguir esta desnudez evangélica; y Su Majestad te oyó y dijo.

Ven, esposa mía, que Yo seré el obispo en cuyas manos renuncies todas las cosas del mundo; y lo hiciste con veras diciendo, dueño y Señor mío, renuncio con eficacia a Babilonia, sus riquezas y tesoros, y cuanto hay debajo del sol, las criaturas, sus voluntades y afectos, el amor, honras y buenas correspondencias que me pueden dar, todos los gustos, descansos y cuanto hay inferior a vos, Dios y Señor mío.

Hija mía, todo lo terreno renunciaste; a tus padres, aunque difuntos, porque sus memorias no te estorbasen; tus hermanos, parientes, amigos y todo lo que te llevaba el afecto, y a ti misma, tu voluntad, y dijiste; en vuestras manos, Señor, me pongo desnuda de todo y de mi mismo afecto y voluntad, rindiéndome a la disposición de la vuestra; y el Altísimo te respondió: Yo te admito esta renunciación, pero advierte, que la has hecho en mis manos, y querer volver los ojos a lo que has despreciado, sería atrevimiento cruel e inaudita insensibilidad. Pues ahora quiero Yo, que en mi presencia vuelvas a renovar esta dejación de todo, y que quedes desnuda y sin amparo humano, que desde hoy nazcas a la gracia y quedes desposada, te presentes a Dios eterno que te crió, y sacude los pies del polvo de los mortales, y las especies de las criaturas que has conocido has de perder de vista; en ti no ha de haber resabios de hija de Adán, porque todos los has de dejar, y tus potencias y sentidos no han de tener operación humana sino es para ejercitar la caridad con Dios y con los prójimos, y para padecer y vivir muriendo.

Y si con la perfección que te mando, haces esta negación, a más del premio eterno que a ella se te seguirá, tendrás en este valle de lágrimas al Altísimo por padre, a mi Hijo Santísimo por esposo y por el objeto único de tu voluntad, al Espíritu Santo por consolador, a Mí por madre y maestra, y toda la Santísima Trinidad vendrá a morar en tu alma y a estar contigo por gracia y asistencia particular, y todo lo que es suyo que es cuanto tiene ser, será tuyo, porque lo que es del esposo es de la esposa y lo del padre del hijo; y negándolo todo, lo poseerás todo en Dios, tu Señor. Y ya que mi Hijo Santísimo se constituye por tu esposo y por el blanco de tu amor, y Yo por tu madre, amiga y maestra, sin merecerlo tú, quiero que escribas en tu corazón lo que Su Majestad y Yo te amonestamos e inspiramos en tu interior; que no lo olvides, ni recibas tanta gracia vacía, basta la que has malogrado; pesa con prudencia y discreta consideración lo que debes obrar por el título de esposa del Altísimo, y que es corno evacuarse la palabra del Señor, si Su Majestad te llama y admite por esposa y tú no correspondes a las obligaciones de serlo; y si Yo te llamo hija y degeneras de la enseñanza y ser de tu Madre, qué dirá el cielo, la tierra y sus moradores y el mismo Señor, si tú no correspondes a estos nombramientos?

Porque esposa quiere decir algún linaje de igualdad y asimilación con el esposo, y claro está que no la has de tener en cuanto Dios ni en sus maravillosas obras, sino en aprender de Su Alteza, en cuanto hombre, a ser mansa y humilde de corazón, a desnudarte de todo y negar lo que tiene ser. Y pues el Verbo humanado lo dejó todo siendo suyo, y nació en un pesebre, vivió pobre y murió en una cruz, no es mucho tú lo hagas no debiéndosete nada; y el que cumple cabalmente con la justicia, no se puede decir ha hecho más de lo que debe; pues, qué derecho debe pedir ni podrá demandar el que fue formado de nada ni qué posesión será la que pretende, pues cuando la pidiese de algo, porque Dios se la dio, debe retorno doblado por lo que recibió?; y supuesto eso, rara es que todo lo renuncies, porque te dio tan abundantemente lo que has menester.

Y te advierto, que con el primero pecado que cometiste, perdiste el derecho de todas las gracias y beneficios espirituales y temporales que Dios te había dado graciosamente; y de justicia se te debían quitar, porque ofendiste al Criador de todo, y te hiciste merecedora de todos los tormentos y penas del mundo, y de las calamidades y enfermedades que han padecido los hombres. Pues advierte las razones que tienes para renunciar todo deleite y descanso, pues has pecado mucho y debes pagar mucho; y para tener con tu Esposo algún linaje de imitación y asimilación, lo has de renunciar todo y negar las honras, deleites, favores humanos; y has de desear, admitir, solicitar los trabajos, angustias, persecuciones, penas y tribulaciones que tu Esposo admitió por ti. Y no llegarás a cumplir con las obligaciones de verdadera amadora y esposa de tu Esposo y Señor, si no mueres a todo y eres despreciada, ultrajada y abatida de todos y crucificada, ya que no con efecto, en el afecto; pues lo fue de verdad tu Amado, muere a todas tus pasiones y apetitos, y clávate en la cruz de tu Esposo con los clavos de los votos de tu profesión.

Y tampoco cumplirás con el empeño en que te pongo por elegirte por mi hija, si no eres muy perfecta, porque Yo te concibo y engendro a la vista y aceptación del Altísimo y por la sangre derramada e infinitos merecimientos de mi divino Cordero. Y quien es tan inmaculada y espiritualizada, no puede producir sino cosas puras y espirituales, pues si mi hija legítima has de ser, como lo deseas, siendo Yo concebida sin pecado original, limpia y pura has de ser tú y toda espiritual y espaciosa; ya no has de vivir según la carne sino según el espíritu; y desde hoy has de renacer a nueva vida tan inmaculada y espiritualizada que Yo te pueda llamar mi hija, y en todas tus acciones y movimientos te has de asimilar cuanto pudieres a Mí, y ser, según tus fuerzas alcanzaren, un retrato de tu Esposo y de tu Madre. Concurra tu voluntad a la concepción que de nuevo hace el Altísimo en Mí de ti, formándote en cuanto al espíritu, dándote luz infusa y hábitos de las virtudes, para que seas mi hija; y si de afecto no renunciares los efectos de descendiente de hija de Eva, no conseguirás el serlo mía.

 

PARÁGRAFO SEGUNDO

 

 Renueva la Reina del cielo en el alma una muerte a lo terreno que tuvo, y la da doctrina para las propiedades de muerta.

 

Advierte, alma, que ya no has de vivir tú sino en Cristo y Su Majestad en ti, siendo vida de tu alma y alma de tu vida. Acuérdate de la muerte que en cierta ocasión obró en ti la divina providencia; pues ahora ordena y quiere que la renueves en mis manos, y que del todo mueras con más eficacia que hasta aquí. Y quiero, que sea manifiesto a todas las criaturas del cielo y de la tierra, que, a 19 de Mayo del año de 1641, murió al mundo Sor María de Jesús, mi hija y sierva; y es mi voluntad que, ayudada de la divina gracia, haga con afecto amoroso de su Esposo lo que la fe le enseña ha de ser fuerza con la muerte de dejarlo todo. Hizo testamento y ofreció su alma a Dios eterno que la crió y redimió, su cuerpo a la tierra del propio conocimiento y al padecer sin rehusarlo más que muerta; hizo dejación y renunciación de todo lo criado, fueron sus testamentarios mi Hijo Santísimo y Yo, y nos encargamos de su alma, si nos obedeciere pronta; celebramos las exequias con los cortesanos de nuestra corte, enterróse en el costado abierto del Verbo humanado que es el verdadero sepulcro de los que mueren en vida; desde esta hora ya no vive en sí ni para sí, todas sus operaciones han de ser en Jesús, su esposo, donde descanse en paz. Y suplico al Todopoderoso, mire a esta difunta para comunicarse con ella como muerta al mundo, con frecuencia y aumento de amor, como peregrina en Babilonia y moradora más en lo superior y divino que en la tierra. A los ángeles ordeno la reconozcan por compañera, que la asistan y conversen, como si estuviera desnuda de la carne mortal. A los demonios mando, que dejen a esta nuestra difunta como dejan a los muertos, que no son de su jurisdicción ni esclavitud, pues es nuestra voluntad; que está más muerta a todo que los difuntos. Y a los hombres conjuro, para que la dejen descansar en paz y vivir sola para el Señor, que la olviden y pierdan de vista, como lo hacen con los muertos.

Y a ti, alma, te mando, encargo y amonestó que mueras y acabes ya, y te consideres como los que dieron fin a los días de este siglo, que tus operaciones sean como los muertos que viven sólo para ver a Dios, conocerle y amarle; pues la fe te le manifestará tan cierto como los que le gozan en la gloria. Y te encargo no le pierdas de vista, y que tu conversación sea en las alturas, pues ya no has de ser de este siglo; tu trato con tu Esposo y Señor, con los ángeles y Santos y Conmigo, que soy tu maestra y madre, y todo lo demás criado has de arrojar, negar y perder de vista sin usar más de ello que un cuerpo muerto; y como él calla con los vituperios y ofensas que le dicen, así has de callar tú y no te has de levantar más que él con las lisonjas y honras humanas.

Ya para ti no ha de haber más irascible ni concupiscible que para un difunto, ni más presunción y vanidad has de tener tú que él; todo te ha de sobrar como al que muere, y nada te ha de faltar como a él; aunque carezcas de todo, no te has de quejar ni juzgar mal más que muerta; ni del mundo has de esperar mejor correspondencia que la que dan al que acabó sus días, que no ven la hora de quitarle de delante, y aunque sea padre o hermano con gran presteza le olvidan y hacen poco caso de él, pero menos los muertos de los vivos ni de todo lo que el mundo posee. Pues de la misma manera quiero que estés, y que ya tus ojos no vean, ni los oídos oigan, que tu lengua no hable, ni tus narices huelan cosa deleitable, ni tu tacto toque; todo ha de estar muerto a lo imperfecto, y tus potencias ocupadas en solo Dios; que te pisen, que te abatan, que te desprecien y olviden, aunque te mal correspondan, no has de hacer más que muerta. Y siempre te considera manjar de gusanos y tan metida en la tierra de tu conocimiento propio, que jamás tengan osadía las pasiones de dar mal olor al Señor ni a los vivientes por descubiertas y mal rendidas, como lo da el cuerpo muerto que no está harto profundo en la tierra; pues más horror causarán a Dios las criaturas mal mortificadas y vivas en sus pasiones, que los cuerpos muertos a los hombres cuando están ya podrecidos, y si así murieres, conseguirás tu deseo de ser esposa de mi Hijo Santísimo y hija carísima.

 

PARÁGRAFO TERCERO

 

 Amonesta la Madre de Dios al alma para que se lave y purifique y que se desnude de las vestiduras viles, sucias y antiguas.

 

Hija mía, después de muerta a todo lo terreno, te has de levantar para resucitar a la vida dulce del amor, para la cual has de entrar en el tálamo del Señor. Pero Yo te mando que, al poner los pies en esta alta habitación, sacudas de ti todas las imaginaciones, especies, imágenes que has recibido del trato que has tenido con las criaturas, de manera que a todas las pierdas de vista y de tu imaginación; y también has de perder los malos hábitos que has adquirido con las culpas y reiteración de ellas, y las malas costumbres de tus pasiones mal mortificadas. Y para entrar en este tálamo confiésate con fervor, dolor y propósito de la enmienda, haz actos de contrición eficaces y pide al Altísimo con humildad, te lave ampliamente [53] y que purifique de toda mancha a tu alma, que te adorne de las virtudes y de sus hábitos, y que te ponga la estola y vestidura primera de su gracia y amistad. Y después de adornada y compuesta, considérate en ese valle de lágrimas metida y depositada, por ordenación de tu Esposo, en un castillo, que es tu cuerpo, cárcel y morada bien peligrosa; pero el Todopoderoso que te puso en ella, te dará lo necesario para su habitación, que es rico en sus despensas, y es su voluntad que Yo te manifieste las leyes de su amor y los preceptos de esposo, para que obedeciéndome en cumplirlos, consigas el ser su carísima y amantísima y su esposa querida, que son los siguientes:

Después que hayas cumplido perfectamente con lo que te dejo amonestado, y sacudídote de todo y destituida de las consolaciones terrenas, te has de levantar sola del mar tempestuoso de miserias, y caminar con veloz vuelo y con alas de paloma a una habitación alta y encumbrada, en que el Altísimo te quiere poner, para que en ella habites, que como esposo celoso y que su amor y emulación es fuerte como la muerte [54], quiere cercarte y guarnecerte y depositarte en parte segura, señalarte el sitio donde has de morar, para que no salgas de él, y privarte del que no has de andar, darte con quien has de hablar, y señalarte con quien no lo has de hacer; y esta es ley justa, la cual deben observar las esposas del gran Rey, cuando aún las de los hombres mundanos lo hacen.

Y es debido a la nobleza de tu Esposo, que tú estés con decencia y sin que atiendas a cosa imperfecta e indigna de tu estado y profesión, pues tu dulce Dueño y Señor te admite para su esposa, y te llama que entres en su tálamo, pero te manda primero que te desnudes de las vestiduras viles y de baja suerte de que estás vestida, que son pobres, rotas y manchadas por tus culpas, abominables por tu condición, sucias por tus defectos, hediondas por la torcida intención. Y quiere Su Alteza, que después de desnuda, te limpies de tu bascosidad, te laves y purifiques, que te perfumes bien toda con el conocimiento humilde. Y estas malas y viles vestiduras las has de tener a la vista mientras te durase la vida, para que frecuentemente las mires, y conozcas el bien que te han hecho y del mal que te han librado, y lo que debes a tu Esposo, el cuál quiere curar tus llagas con el preciosísimo bálsamo de su sangre, lavarte, purificarse, iluminarte con su luz divina.

 

PARÁGRAFO CUARTO

 

 Manifiesta la Reina del cielo al alma las vestiduras que el Señor la pone y el cuidado de no mancharlas.

 

Después de todo esto, quiere tu Esposo y Señor ponerte una vestidura más blanca que la nieve, más resplandeciente que el sol, más refulgente que el diamante, riquísima y preciosa, pero delicadísima, porque si no vives advertida, con gran facilidad la mancharás, y si lo hicieres, te aborrecerá tu Esposo, y si la conservares pura y limpia, el Rey codiciará tu hermosura.

Por ceñidor riquísimo de piedras preciosas te pone su temor santo; por collar, con tres piedras ricas, que son fe, esperanza y caridad engastonadas en el culto, que a Dios eterno has de dar, por el conocimiento que de Su Majestad has de alcanzar: por eminentes y hermosos cabellos, santos pensamientos y altísimas inteligencias de los sacramentos ocultos del gran Rey: apretador que los coja, la ciencia infusa y santa sabiduría: por bordadura y resaltes de la vestidura todas las virtudes y sus hábitos y los actos que con ellas ejercitares: por sandalias, la diligencia y presteza en el bien obrar, y por cintas que cojan el calzado, grillos y encogimiento para lo malo: anillos de los siete dones del Espíritu Santo, con que adornes tus dedos: por agua de rostro y de resplandor la iluminación divina: por color, la sangre del Cordero divino y la confusión que has de tener de haberle desagradado, y que te salgan colores a la cara confiriendo el feo adorno que te han quitado, con el hermoso que te han puesto.

Para tu dotación ofrece tu Esposo infinitos merecimientos suyos, dándolos tan para ti como si fueras sola la que los habías menester; te hace participante de su hacienda y tesoros, y es tan rico este desposorio de su parte que todo el cielo y la tierra y lo que en estos dos lugares se encierra, es suyo, y de tu parte es tan pobre, que si no es miserias y desnudez, no tienes otra cosa: pues considera qué debes hacer, y pésalo bien porque no tendrás palabras para escribirlo ni capacidad para entenderlo. Las condiciones que te pide tu hermosísimo y altísimo Esposo, son que por ningún caso manches la vestidura, ni por ningún suceso borres la hermosura que te ha puesto; y mira que lo harás con la más pequeña imperfección, y si como flaca la cometieres, levántate como fuerte, y llórala como agradecida.

Manda Su Alteza que te retires y recojas a tu interior, y que allí habites sin jamás salir, que tu pensamiento, imaginación y atención la tengas siempre sin mirar al mundo ni volver la cabeza a él, sino que le pierdas de vista, sus especies imagines como si jamás lo hubieses visto. Y en tu recogimiento no ha de entrar imagen de ninguna criatura ni figura de cosa humana y terrena, las ventanas de este castillo se han de cerrar, que son tus sentidos, con fuertes cerraduras y candados, y por ningún caso se han de            abrir sino es para ejercitar la caridad. Jamás has de mirar a criatura humana, ni hablarle ni oírle palabra por tu voluntad, ni has de inquirir ni preguntar por curiosidad, ni oler buenos olores por deleites, y mucho menos tocar a nadie, como el Señor y Yo te lo tenemos muchas veces amonestado, ni a hombre, mujer, ni niños: y esto es de lo que tu Esposo te manda privar y abstener, y que, cerradas puertas y ventanas de tu habitación, te conviertas sola y solísima a la soledad interior.

Y en ella te manda tu Dios y Señor que pelees varonilmente, porque muchos enemigos te perseguirán y darán batería a tu castillo, pero si tú no te quieres dejar vencer, será inexpugnable por el muro de los mandamientos del Señor y antemuralla de los consejos, reglas y constituciones de tu profesión. Y ten cuidado de no quebrantar ninguno, porque a cualquiera portillo que abras, por pequeño que sea, harán asalto los enemigos, los cuales envidiosos y fuertes estarán rodeándote y te darán cruel batería. Sé fuerte y mira lo que haces y lo que perderás, vela sobre tu daño, no mires a los enemigos, no los creas, no los oigas sino anatematízalos, y a todos di que ya no vives tú sino Cristo en ti, que ya para ellos acabaste la vida, y que no hay morador en tu castillo para que les responda, y repite muchas veces el verso de David, que dice: Declinad de aquí, malignos; dejadme escudriñar y mirar los mandatos de mi Señor.

Y no juzgues, que tu Esposo te da lugar y habitación estrecha, ni que es riguroso en eso, pues sólo te priva de lo terreno, momentáneo, fatigable, terrible y mentiroso, y del peligro de condenarte: y te concede te pasees, y dilates, y ensanches, y entretengas en su huerto de deleites, en los espacios y ensanches sin término de su divinidad, en aquel campo sin término, en las florestas siempre amenas de su paraíso; que mires y atiendas a sus grandezas y a sus atributos y perfecciones divinas, que es la ocupación que ha de tener la verdadera esposa meditando las gracias perfectas de su Amado; éstos son los deleites sin pena, los gustos sin amargura; te quita tu dulce Dueño lo limitado, te da y ofrece el todo y más perfecto.

Quiere Su Alteza, que tu trato sea con los Ángeles, y que sean tus compañeros, que los imites, y procures en tu naturaleza la perfección de la suya, te da el muy alto por amigos a todos los Santos para que trates y converses con ellos y copies sus virtudes con grandes veras: y Yo te adopto por hija amantísima, y te admito por mi discípula, y me constituyo por tu madre y maestra; el Eterno Padre te elige por esposa de su Hijo y mío, y el Espíritu Santo para comunicarte sus influencias, y el Hijo Santísimo para sus estrechos abrazos de esposa.

Las escrituras de estos desposorios y contratos son en esta forma: el papel blanco y puro, en que se has de escribir, Yo y mi corazón, donde se han de grabar las letras, porque trabajaste en escribir mi Vida y en cantar mis alabanzas; la pluma el dedo de Dios y su poder; la tinta la sangre de mi Cordero; el ejecutor el Padre Eterno, y el Vínculo que te ha de ajustar a Jesucristo y a Mí el Espíritu Santo, consolador de las almas; fiadores el Redentor del mundo y sus infinitos merecimientos, y Yo con los míos; porque si los dos no te fiamos, qué has de hacer tú, pobre y vil gusanillo, que no tienes ni puedes nada?

Lo que de tu parte ofreces es la voluntad firme y entera, y esa se te pide; pero para que mejor sea recibida, ofrece con ella el nacimiento, vida, predicación, milagros y muerte de mi Santísimo Hijo: y también se te pide, porque es lo que más de ti quiere el muy alto, una pureza grandiosa de conciencia, procurándola limpia sin caer voluntariamente en la más pequeña imperfección; y en esto has de ser extremada, porque así lo queremos mi Hijo y Señor y Yo. Testigos de estas escrituras son tus devotos y mis siervos queridos San Miguel y el serafín Francisco. Jueces las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.

Trabaja fiel y devotamente para obedecer a lo que se te ha mandado, y, porque la principal obligación de tu profesión son los cuatro votos que en ella haces, quiero amonestarle a la perfección con que los has de guardar y a la estimación que de ellos has de tener.

 

PARÁGRAFO QUINTO

 

 Doctrina de los cuatro votos de la profesión por la Madre de Piedad.

 

Hija y amiga mía, no quiero negarte la enseñanza que con deseo me has pedido, pero recíbela con aprecio y ánimo devoto y pronto para ejecutarla. El Sabio dice: Hijo, si prometiste par tu amigo, tu mano clavaste acerca del extraño, con tu boca te ligaste y con tus palabras quedas atado. Conforme a esta verdad, quien a Dios ha hecho votos, ha clavado la mano de la propia voluntad, para no quedar libre ni tener elección de otras obras fuera de aquellas que se obligó, según la voluntad de aquél a quien quedó obligado y atado por su misma boca y palabras de la profesión: antes que hiciera los votos en su mano estaba elegir camino, pero habiéndose atado el alma religiosa, sepa que perdió totalmente su libertad y se la entregó a Dios en su prelado. Toda la ruina o remedio de las almas consiste en el uso de su libertad, pero como los más usan mal de ella y se pierden, ordenó el Altísimo el estado fijo de las religiones mediante los votos, para que usando de una vez la criatura de su libertad, con prudente y perfecta elección entregase a Su Majestad en aquel acto lo que con muchos perdiera, si quedara libre y suelta para querer y no querer.

Piérdese dichosamente en estos votos la libertad para lo malo, y asegúrase para lo bueno, como con una rienda que desvía del peligro y adiestra por el camino llano y seguro; pierde el alma la servidumbre y sujeción a sus propias pasiones, y adquiere sobre ellas nuevo imperio, como señora y reina en el dominio de su república, y sólo queda subordinada a la gracia y movimientos del Espíritu Santo, que la movería en sus operaciones si ella destinase toda su voluntad para solo obrar aquello que prometió a Dios. Pasaría la criatura con esto del estado y ser de esclava a la excelente dignidad de hija del Altísimo, y de la condición terrena a la angélica, y los defectos corruptibles y el castigo del pecado no le tocarían de lleno. Y no es posible que en la vida mortal puedas alcanzar ni comprender cuáles y cuántos bienes y tesoros granjea el alma que se dispone con todas sus fuerzas y afectos a cumplir perfectamente con los votos de su profesión, porque aseguro, carísima, que pueden las religiosas puntuales y perfectas llegar al mérito de los mártires y aún excederles.

Hija mía, tú conseguiste el dichoso principio de tantos bienes el día que elegiste la mejor parte, pero advierte mucho, que te obligaste a un Dios eterno y poderoso a quien lo más oculto del corazón es manifiesto, y si el mentir a los hombres terrenos faltarles en las promesas justas es cosa tan fea y aborrecida de la razón, ¿cuánto pesará el ser infiel a Dios en las promesas justísimas y santísimas? Por tu criador, conservador y bienhechor le debes la gratitud, por padre la reverencia, por esposo la lealtad, por amigo la buena correspondencia, por fidelísimo le debes la fe y esperanza, por sumo y eterno bien el amor, por omnipotente el rendimiento y por justísimo juez el temor santo y humilde; pues contra todos estos y otros muchos títulos cometerás traición y alevosía, si faltas y quebrantas lo que tienes prometido en tu profesión. Y si en todas las religiosas que viven en obligación de trato y vida espiritual es tan formidable monstruo llamarse esposa de Cristo y ser miembro y esclava del demonio, mucho más feo sería en ti que has recibido más que todas  y se te ha perdonado más; debes, pues, excederlas en el amor, en el trabajo y en el retorno de tan incomparables            beneficios y favores.

Advierte, pues, alma, cuán aborrecible te haría esta culpa para con el Señor, para Conmigo, con los ángeles y santos, porque todos somos testigos de su amor y fidelidad que contigo ha mostrado como esposo rico, amoroso y fidelísimo. Trabaja, pues, con sumo desvelo para que no le ofendas en lo mucho ni en lo poco, y no le obligues a que desamparándote te entregue a las bestias de las pasiones del pecado, pues no ignoras que sería esto mayor desdicha y castigo que si te entregaran al furor de los elementos y de todas las fieras y animales brutos y al de los mismos demonios, para que todas estas cosas ejercitaran en ti su ira, y el mundo todas las penas y deshonras que puede haber; todo fuera menor daño para ti, que cometer sola una culpa venial contra Dios, a quien debes servir y amar en todo y por todo; cualquiera pena de esta vida es menos que la culpa, ya que ellas en esta vida se acabarán y la culpa puede ser eterna y con ella lo será la pena.

En la vida presente atemoriza mucho a los mortales y les espanta cualquiera pena o tribulación, porque la tienen presente al sentido y les toca en él, pero no les altera ni atemoriza la culpa, porque embarazándose en lo visible no pasan a lo inmediato de la culpa, que es la pena eterna del infierno y con estar embebida y unida con el mismo pecado, es tan grave y tardo el corazón humano, que se deja embriagar de la culpa y no toca en la pena, porque no sienten al infierno por el sentido y cuando la podía ver y tocar con la fe, la deja ociosa y muerta como si no la tuviera. ¡Oh infelicísima ceguedad de los mortales! ¡Oh torpeza y negligencia que a tantas almas capaces de razón y de glorias tienes engañosamente oprimidas! No hay palabras ni razones suficientes para encarecer este formidable y tremendo peligro. Hija mía, huye, aléjate con el temor santo de tan infeliz estado, y entrégate a todos los trabajos y tormentos de la vida que luego pasa, primero que te acerques a él, pues nada te falta si a Dios no perdieres. Muy poderoso medio será para asegurarte, el que no imagines hay culpa pequeña para ti ni para tu estado; lo poco has de temer mucho, porque el Altísimo conoce que en despreciar las pequeñas culpas abre el corazón la criatura para admitir otras mayores, y no es amor loable el que no cela cualquier disgusto de la persona que ama.

El orden que las almas religiosas deben guardar en obrar sus deseos, ha de ser que, en primer lugar, sean solícitas y puntuales en cumplir con las obligaciones de los votos y todas las virtudes que en sí contienen, y, sobre esto, en segundo lugar entran las obras voluntarias que llaman de supererogación. Este orden suelen pervertir algunas almas engañadas del demonio con indiscreto celo de la perfección que, faltando en culpas graves a las cosas obligatorias de su estado, quieren añadir otras acciones y ocupaciones voluntarias, que de ordinario son párvulas o inútiles y originadas de espíritu de presunción y singularidad, deseando ser miradas y señaladas entre todas por muy celosas y perfectas, y estando muy lejos de comenzar a serlo. No quiero Yo en ti esta mengua tan reprensible, mas antes gusto que en primer lugar cumplas con la observancia de tus votos y vida común, y después añadas lo que pudieres con la divina gracia según tus fuerzas, que todo junto hermosea el alma y la hace perfecta.

El voto de la obediencia es el mayor de la Religión, porque contiene una renunciación y negación total de la propia voluntad, de suerte que a la religiosa no le queda jurisdicción ni derecho alguno sobre sí misma para decir quiero o no quiero, haré o no haré; todo esto lo puso y renunció por la obediencia dejándolo en manos de su prelado. Y para cumplirlo es necesario que no seas sabia contigo misma, ni te imagines señora de tu gusto ni de tu querer ni entender, porque la obediencia verdadera ha de ser de linaje de fe, que lo que manda el superior se ha de estimar, reverenciar y creer, sin pretender examinarlo ni comprenderlo. Y conforme a esto para obedecer, te debes juzgar sin razón ni vida ni discurso, antes como un cuerpo muerto te deja mover y gobernar, estando viva sólo para ejecutar con presteza todo lo que fuere voluntad del superior. Nunca discurras contigo lo que has de obrar y sólo piensa cómo ejecutarás lo que te mandaren. Sacrifica tu querer propio y degüella todos tus apetitos y pasiones, y después que con esta eficaz determinación quedes muerta a tus movimientos, sea la obediencia alma y vida de tus obras. En la voluntad y gusto de tu superior ha de estar sepultada la tuya con todos tus movimientos, palabras y obras; y en todo pide que te quiten el ser propio y te den otro de nuevo, que nada sea tuyo y todo sea de la obediencia sin contradicción ni resistencia alguna.

En el modo de obedecer también advierte, que no ha de reconocer el superior disonancia que le disguste, antes se le debe obediencia con satisfacción, y que le conste se cumple con prontitud lo que manda, sin replicar ni remurmurar con palabras ni otros desiguales movimientos. El superior hace las veces de Dios, y quien obedece a los prelados, obedece al mismo Señor, que está en ellos, y los gobierna e ilustra en lo que mandan a los súbditos para el bien de sus almas, y el desprecio que se hace del prelado pasa a Dios, que por ellos y en ellos está ordenándose, y mandándose su voluntad; y has de entender que el mismo Señor les mueve su lengua o que es lengua del mismo Dios omnipotente.

Hija mía, trabaja por ser obediente para que cantes victorias, y no temas en obedecer, porque este es el camino seguro, y lo es tanto, que los yerros de los obedientes no los pone Dios por memoria para el día de la cuenta, antes borra los demás pecados por solo el sacrificio de la obediencia. Y mi Hijo Santísimo ofreció al Eterno Padre su preciosa pasión y muerte con particular afecto por los obedientes, y que por esta virtud fuesen mejorados en el perdón y en la gracia y en el acierto de todo lo que obrasen por obedecer, y ahora muchas veces representa al Padre, para aplacarle con los hombres, que murió por ellos obedeciendo hasta la cruz, y por esto se aplaca el mismo Señor. Y por lo que se agrada de la obediencia, de Abraám y su hijo Isaac se dio por obligado no sólo para que no muriese el hijo que tan obediente se mostraba, mas para que fuese padre del Unigénito humanado y señalado entre los demás por cabeza y fundamento de tantas bendiciones.

El voto de la pobreza es un generoso ahorro y desembarazo de la pesada carga de las cosas temporales, es un desahogo del espíritu, alivio de la humana flaqueza y libertad de la nobleza del corazón capaz de bienes eternos y espirituales, es una satisfacción y hartura en que sosiega el apetito sediento de tesoros terrenos y un dominio o posesión y uso nobilísimo de todas las riquezas: todo esto, hija mía, y otros mayores bienes contiene la pobreza voluntaria. Y todo lo ignoran porque de todo carecen los hijos del siglo amadores de la riqueza y enemigos de la rica y santa pobreza; y no advierten, aunque la padecen y sufren, cuán pesada es la gravedad de las riquezas que los bruma hasta el suelo y aun hasta las entrañas de la tierra a buscar el oro y la plata con cuidados, desvelos, trabajos y sudores, no de hombres de razón, sino de brutos irracionales que ignoran lo que hacen y lo que padecen. Y si antes de adquirir las riquezas son tan pesadas, ¿cuánto lo serán después de conseguidas? Díganlo cuantos con esta carga han caído hasta los infiernos, díganlo los desmedidos afanes en conservarlas, y mucho más las intolerables leyes que han introducido en el mundo las riquezas y los ricos que las poseen.

Si todo esto ahoga el espíritu, y oprime tiránicamente su flaqueza, y envilece la nobilísima capacidad que tiene el alma de bienes eternos y del mismo Dios, cierto es que la pobreza voluntaria restituye a la criatura a su generosa condición, y la alivia de vilísima servidumbre y la pone en la libertad ingenua en que fue criada para señora de todas las cosas. Nunca es más señora que cuando las desprecia, y entonces tiene la mayor posesión y el uso más excelente de las riquezas cuando las distribuye o las deja de voluntad, y sacia el apetito cuando tiene gusto de no tenerlas; y sobre todo, dejando desocupado el corazón, le tiene capaz de que deposite Dios en él los tesoros de su divinidad, para los cuales le crió con capacidad casi infinita.

Hija mía, Yo deseo que tú estudies esto mucho y que discurras en esta filosofía y ciencia divina que tan olvidada tiene el mundo, y no sólo los moradores de Babilonia sino muchas almas religiosas que la prometieron a Dios, cuya indignación es grande por esta culpa, y de contado reciben un pesado castigo en que no advierten los trasgresores de este voto, pues con haber desterrado la pobreza voluntaria, han alejado de sí el espíritu de Cristo, mi Hijo Santísimo, y el que venimos a enseñar a los hombres con desnudez y pobreza, y aunque ahora no lo sienten porque disimula el justo juez, y ellos gozan de la abundancia que desean, pero en la cuenta que les aguarda, se hallarán confusos y desimaginados del rigor que no pensaban en la divina justicia.

Los bienes temporales criólos el Altísimo para que sirviesen a los hombres sólo de sustentar la vida y, conseguido este fin, cesa la causa de la necesidad, y siendo ésta limitada y que en breve se acaba y con poco se satisface, y restando el alma que es eterna, no es razón que el cuidado del alma sea temporal y como de paso, y el deseo y afán de adquirir las riquezas venga a ser perpetuo y eterno en los hombres. Suma perversidad haber tocado los fines y los medios en cosa tan distante y tan importante, que le dé el hombre ignorante a su breve y mal segura vida del cuerpo todo el tiempo, todo el cuidado, todo el trabajo de sus fuerzas y desvelo de su entendimiento, y a la pobre alma en muchos años de vida no quiera darle más de una hora, y aquélla muchas veces la última y la peor de la vida.

Aprovéchate, pues, hija mía carísima, de la verdadera luz y desengaño que de tan peligroso error te ha dado el Altísimo, renuncia toda afición y amor a cosa alguna terrena, y aunque sea con pretexto y color de que tienes necesidad y que tu convento es pobre, no seas solícita desordenadamente en procurar las cosas necesarias para el sustento de la vida; y, cuando pusieres el cuidado moderado que debes, sea de manera que ni te turbe cuando te falte lo que deseas con afición, ni lo desees con ansia, aunque te parezca es para el servicio de Dios; pues tanto menos le amas cuando con El quieres amar otras cosas. Lo mucho debes renunciarlo, porque es superfluo, y no lo has menester, y es delito tenerlo vanamente; lo menos también se debe estimar poco, porque será mayor error embarazar el corazón con lo que nada vale y estorba mucho. Si todo lo que a tu juicio humano pide tu necesidad y lo consigues, no eres con verdad pobre, porque la pobreza, en rigor y propiedad, es tener menos de lo que es menester, y sólo se llama rico el que nada le falta; porque el tener más, antes desasosiega y es aflicción de espíritu, y desearlo y guardarlo sin usar de ello, viene a ser una pobreza sin quietud ni sosiego.

De ti quiero esta libertad de espíritu, que a cosa ninguna te aficiona, sea grande o pequeña, superflua o necesaria; y lo que para la vida humana hubieres menester, debes admitir sólo aquello que es preciso para no morir ni quedar indecentemente, pero sea lo más pobre y remendado para tu abrigo; y en la comida lo más grosero, sin antojo de gusto particular, ni pedir más de aquello en que tienes menos gusto, para que antes te den lo que no deseas, y te falte lo que pide el apetito, y hagas en todo lo más perfecto.

El voto de la castidad contiene la pureza de alma y cuerpo; es fácil el perderla, y difícil y aun imposible repararla, según como se pierde. Este gran tesoro está depositarlo en castillo de muchas puertas y ventanas, que si no están bien guarnecidas, no tiene seguridad. Hija mía, para guardar con perfección este voto, es preciso que hagas pacto inviolable con tus sentidos de no moverse para lo que no fuere ordenado por la razón y a la gloria del Criador: muertos, fácil es el vencimiento de los enemigos, que sólo con los sentidos te pueden vencer a ti misma, porque los pensamientos no reviven ni se despiertan, si no les entran especies e imágenes por los sentidos exteriores que los fomenten. No has de tocar, ni mirar, ni hablar a persona humana de cualquier condición que sea, hombre ni mujer, ni a tu imaginación entren sus especies o imágenes. Y no te admires, que este documento te le repita tantas veces como lo he hecho, que lo ha menester tu natural, y me obliga amonestarte el deseo que de tu pureza tengo. En este cuidado que te encargo, consiste la guarda de esta pureza que de ti quiere mi Hijo, y si por la caridad, por obediencia hablares, que sólo por estas dos causas debes tratar con criaturas, sea con toda severidad, modestia y recato.

Para con tu persona vive como peregrina y ajena del mundo, pobre, mortificada, trabajada y amando la aspereza de todo lo temporal, sin apetecer descanso ni regalo, como quien está ausente de su casa y patria propia, conducida para trabajar y pelear con fuertes enemigos. Y porque el más pesado y peligroso es la carne, te conviene resistir a tus naturales pasiones sin descuido, y en ellas a las tentaciones del demonio. Levántate a ti sobre ti y busca una habitación muy encumbrada sobre todo lo terreno, para que vivas debajo de la sombra del que deseas, y en su protección goces de tranquilidad y verdadero sosiego; entrégate de todo tu corazón y fuerzas a su casto y santo amor sin que imagines hay para ti criaturas más de en cuanto te ayudan y obligan a que ames y sirvas a tu Señor, y para todo lo demás han de ser para ti aborrecibles.

A la que se llama esposa de Cristo y lo tiene por oficio, aunque ninguna virtud le ha de faltar, pero la castidad es la que más la proporciona y asimila a su Esposo, porque la espiritualiza y aleja de la corrupción terrena y la levanta al ser angélico y a una cierta participación del mismo ser de Dios: es virtud que hermosea y adorna a todas las demás, y levanta el cuerpo a superior estado, ilustra el entendimiento y conserva a las almas en su nobleza superior a todo lo corruptible: y porque esta virtud fue especial fruto de la redención, merecida por mi Hijo Santísimo en la cruz, donde quitó los pecados del mundo, por eso singularmente se dice que las vírgenes acompañan y siguen al Cordero.

El voto de la clausura es el muro de la castidad y de todas las virtudes, el engaste donde se conservan y resplandecen, y es un privilegio del cielo para eximir a las religiosas esposas de Cristo de los pesados y peligrosos tributos que paga la libertad del mundo al príncipe de sus vanidades. Con este voto vencen las religiosas en seguro puerto, cuando las otras almas en la tormenta de los peligros se marean y zozobran a cada paso: y con tan grandes intereses no es lugar angosto el de la clausura, donde a la religiosa se le ofrecen los espaciosos campos de las virtudes y del conocimiento de Dios, de sus infinitas perfecciones y misterios, y admirables obras que hizo y hace por los hombres. En estos dilatados campos se puede y debe esparcir y recrear, y de no hacerlo viene a parecer estrecha cárcel la mayor libertad; para ti, hija, no hay otro ensanche ni quiero que te estreches tanto como lo es el mundo entero, súbete a lo alto del conocimiento y amor divino donde sin términos ni límites que te angosten, vivas en libertad espaciosa, y desde allí conocerás cuán estrecho, vil y despreciable es todo lo criado para ensanchar tu alma en ello.

A esta clausura forzosa del cuerpo añade tú la de tus sentidos, para que guarnecidos de esta fortaleza, conserven tu pureza interior y en ella el fuego del santuario, que siempre debes fomentar y guardar que no se apague. Y para la guarda de los sentidos y lograr la clausura, nunca llegues a la puerta, red, ni ventanas, ni te acuerdes de que las tiene el convento si no fuere para cumplir con lo preciso de tu oficio y por la obediencia. Nada apetezcas, pues no lo has de conseguir, ni trabajes por lo que no debes apetecer; en tu retiro, recato y cautela estará tu bien, tu paz y darme gusto y merecer en el copioso fruto y premio de amor y gracia que deseas.