Oí una voz en lo superior de mi alma, que me decía:

Oye, oye, oye.

Hija, inclina tu oreja, y mira al fin para que la criatura fue criada, que es el conocimiento del Altísimo Señor y Dios, y para amarle y alabarle, y después gozarle eternamente en su gloria.

Pues, considérate peregrina, ausente de tu patria, moradora en el pueblo desierto.

Pueblo, porque muchos ayudan al peligro.

Desierto, porque pocos favorecen para levantar.

 

Asiéntate sobre las corrientes de las aguas de Babilonia, y allí te acuerda de Sión.

Cuelga en los sauces, en medio de ella, los instrumentos músicos, renunciando todo gusto y contento humano de esa Babilonia.

Y, aunque en esa cautividad seas preguntada, persuadida e inclinada a que cantes y gustes de sus deleites, y a que les digas una canción de las que cantan en Sión, respóndeles:

¡Cómo cantará la que es moradora en tierra ajena!

¡Cómo la que es peregrina y camina a su patria de Sión, tendrá gusto de Babilonia, no siendo el día del descanso sino del trabajo!

Y ¡cómo el cantar de Sión y del Señor le oirán los que se naturalizan en las vanidades de Babilonia, la que yo tengo por destierro y cautiverio!

Nadie se acuerde de mi mano derecha, que son mis buenas obras, que no las hago para que sean premiadas en Babilonia.

Déjenme y olvídense todos de mí, que desde hoy no soy para atender a ellos sino que les vuelvo las espaldas efectivamente.

 

Diles todo esto y óbralo.

Y no te olvides de Jerusalén, tu patria.

Ponla por principio de tu alegría.

Mira, que has de salir de ese cautiverio y del poder de Faraón, tu cuerpo, y no tardarás.

Pero mientras llega la hora, camina al desierto de la renuncia y abnegación de todo lo terreno.

 

Y para esto, necesitas de capitán y caudillo, de Moisés, que te manifieste la voluntad divina y ley santa de Dios, y las tablas escritas con el poder de su brazo poderoso.

Es necesario quien te hiera en la piedra de la humanidad de Cristo y en la divinidad.

Para que salgan las aguas que saltan hasta la vida eterna.

Y en tu destierro seas saciada en tu sed, alumbrado tu entendimiento y reducida tu voluntad.

Has menester columna de fuego, que en esta noche te dé luz.

Y sombra, que te defienda, con particular protección, de las inclemencias de los tiempos y enemigos nocturnos y meridianos.

Ángel, que te guíe, y lleve lejos de los sodomitas pecadores de Babilonia, porque el castigo y azote del Muy alto no te caiga, y su maldición no te alcance.

Has menester maestra, que te guíe.

Madre, que te ampare.

Amiga, que te consuele.

Señora, a quien obedezcas.

Reina, de quien seas esclava.

Imagen, en quien tengas escrita la virginidad.

Retrato, en quien esté dibujada la especie y hermosura de la virtud.

Ejemplo de vivir, adonde halles los expresos magisterios de probidad o bondad, con que te muestren y enseñen qué debes abrazar y qué repeler y arrojar.

  

Toma norte, por donde te guíes.

Lucero, que anuncie el día claro de la eternidad.

Nivel, con que vayan medidas tus obras.

Arancel, para que te gobiernes.

Camino para la divinidad.

Puerta para el cielo.

Espejo, que tengas delante de los ojos del entendimiento, adonde veas tu faz interior, y te adornes como esposa para entrar en el tálamo del Esposo.

 

Aquí se ha de componer tu hermosura y gracia, mirando a la de María Santísima, Madre del Unigénito del Padre.

En quien hallarás expresado el mapa de las maravillas de Dios nuestro Criador.

El ejemplar de tus deseos.

Y el primer estímulo del aprender es la nobleza del maestro.

¿Qué cosa más noble, que las virtudes de la Madre de Dios?

¿Qué cosa más resplandeciente, que Aquella que escogió el mismo resplandor?

¿Qué cosa más casta, que Aquella que engendró cuerpo sin mancha de otro cuerpo?

¿Qué objeto mejor de tu entendimiento que Aquella que es Madre de tu esposo Cristo?

A la cual, desde el instante de su concepción, que fue sin pecado original, le dio muy alta noticia de su divinidad.

Y con acelerado discurrir e inaudito entender conoció en el instante que tuvo ser, el de Dios incomprensible e inmutable.

Y le reverenció, engrandeció, adoró y amó con mayor perfección que todos los ángeles, serafines y santos.

 

Adornóla el Altísimo de abundantísima gracia y copiosos dones.

Más que humanamente se puede conocer ni explicar.

Y luego principió a merecer mucho.

Y con sus primeras operaciones y actos, dio más gusto y beneplácito al Señor, que todas las criaturas en todo lo que ha nombrado desde Adán acá.

Y mereció más en sus principios, que ellos en sus fines.

Y en teniendo forma y reconociendo el ser de Dios, hizo en su presencia sacrificio.

Y se ofreció en holocausto a la divinidad, dándole gracias por su ser infinito.

Y porque se lo dio a Ella, ofrecióse a su servicio con memorable afecto de devoción.

Entrególe su alma, potencias y sentidos, su cuerpo y lo superior de su alma.

La cual iluminó el muy Alto y vivificó.

Y quedó siempre atentísima, mirando la divinidad.

Y jamás se apartó de esta vista, conociéndola no como compresora sino como viadora.

Sino es cuando el Señor corría el velo de paso, y para continuar una perfecta elevación de sus potencias y atender a las inteligencias que el Altísimo le daba.

 

Trabajó mucho de su parte todos los días.

Y muchas "veces" en el "día" se postraba ante el divino acatamiento y real presencia.

Y reconociendo el ser de Dios, le magnificaba por sus infinitos atributos.

Y le daba gracias, porque le había criado y enriquecido de dones y tesoros.

Miraba la altura de Dios, y descendía a conocer su pequeñez.

Y daba su nardo, a los ojos divinos, olor de suavidad y gusto en su humillación.

Y porque se humilló, la levantó el Señor sobre todas las criaturas.

Su meditación, de día y de noche, era en la divinidad, y cómo la amaría incesantemente.

Y con afecto humildísimo hacía actos fervorosos de todas las virtudes, y trabajó fielmente con ellos.

Y aunque la adornó y dotó de todos sus perfectos hábitos, mereció más esta perfecta criatura con los actos que hizo de ellas y afecto con que obraba lo perteneciente a todas estas virtudes, que todos los Santos juntos han merecido para sí ni merecerán.

 

Era iluminada de la divinidad, y su lucerna era el Cordero.

Fue sapientísima de la divina sabiduría porque la dotó Dios de ciencia infusa.

Y conoció muchos de los secretos del Altísimo Señor y los sacramentos de las Escrituras.

Y con todo y de todo se aprovechaba y granjeaba, y adquiría muchos bienes y tesoros, y obligaba al amor de Dios para hacerle grandes beneficios.

Era en entender, prudente.

En amar, única.

En obrar; fervorosa.

Altísima, en pensamientos.

Especiosa, en bondad.

Prudente, en temer.

Fuerte, en vencer la flaqueza de la naturaleza humana.

Jamás salió de sí misma, y nunca faltó a las obras de caridad.

No le hacían perjuicio las obras de Marta para acudir a las de María.

Siempre eligió la mejor parte.

Y nunca faltó al ministerio de servir como sierva a su Hijo y Señor, y a su esposo José, sin mandar a otra sierva.

Porque en la obediencia que tuvo a Dios, fue admirable.

Y como Su Majestad le ordenó, que sirviese a su Hijo y a su padre putativo, en lo perteneciente y necesario en cuanto hombre y niño, y en la obligación de esposa, lo hizo tan cabalmente, que jamás lo fió de otra mano.

 

Y su humildad no consintió tener sierva ni mandar a otra menor ni mayor en edad.

Siempre fue reina y esclava.

La mayor y la menor.

La obediente a todos, tanto que no supo mandar a nadie.

Tanto se humanó y humilló, que en la equidad y justicia de Dios, por ser, según ella, humillar a los soberbios y levantar a los humildes, que cuando no tuviera esta divina Señora la dignidad de Madre de Dios, la debía levantar Su Majestad sobre todas las criaturas y cortesanos del paraíso celestial.

Porque fue más humilde, que todos.

Y por esta virtud le obligó más que ellos.

Y por el bajo concepto que hizo de Sí misma, de sierva, que por la dignidad de Madre de Dios.

Porque el serlo no pudo adquirir por Sí

Y los actos de humildad los hizo Ella, aunque todo con favor de lo alto.

 

Lo superior de su alma siempre miró a la divinidad.

Que desde que Dios le dio conocimiento de ella, nunca apartó su contemplación del objeto que conoció.

Asistió siempre al Sancta Sanctorum de su interior, adonde sólo el sumo Sacerdote y Dios Altísimo entraba.

Y, en su presencia, ofrecía los holocaustos de sus obras virtuosas.

Y el fuego del Espíritu Santo jamás le faltó, ni de su parte para conservarle nunca tuvo remisión ni el más pequeño descuido.

Salía a lo exterior de su templo, a hacer los sacrificios de sus sentidos.

De los cuales usó siempre prudentísimamente, mirando continuamente al cumplimiento de la divina voluntad.

Muchas veces la inquiría y buscaba, y fervorosamente pedía a Dios se la enseñase.

Y Su Majestad se la manifestaba, y santamente la ejecutaba.

Y esto era de ordinario.

Y, como de agrado del Señor es lo más excelente la exaltación de su nombre, y obrar con las criaturas magníficas obras favoreciéndolas, pedía muchas veces a Su Alteza lo hiciese.

Y, como otra Ester, clamaba por la libertad de su pueblo.

Y que de todo el linaje humano fuese conocido, amado y temido, reverenciado, honrado, glorificado.

Y para obligar a Su Majestad para que le concediese esto, se ofrecía a padecer muchos trabajos.

 

Pedíale favoreciese a su pueblo escogido. Y que conservase y aumentase los Profetas.

Y de nuevo los levantase para manifestación de sus maravillas.

Que cumpliese lo que a los Patriarcas y Profetas tenía prometido.

Y que enviase el Mesías y redimiese al mundo.

            Y en esto hizo tantas peticiones y mara­villosas sumisiones y cándidas determina­ciones, que hirió el corazón de Dios de amor en uno de sus cabellos y ojos, que fue su santa intención.

Hizo a Su Majestad acelerar el tiempo para enviar al Unigénito.

Para los prójimos, hizo peticiones de tanta caridad en general, que muchos de los favores que en su tiempo les hizo, fue por su intercesión, por la cual muchos en particular se salvaron.

 

 

Esto sólo pasaba en su interior, que era en pensamientos secretísima y altísima para sí misma.

Pedía con tanto fervor y humildad, que inclinaba a los atributos de misericordia y bondad para que Dios la favoreciese con ella.

Fue continua en el trato y conversación con los Ángeles.

Y pedíales orasen y rogasen por Ella.

Y que le diesen noticia en su peregrinación de su patria.

Y pedíales muchas veces las señales de su Amado y querido Esposo.

Y en el desfallecimiento que causaba el amor en la parte flaca de la naturaleza, la confortaban.

Y rogábales la cubriesen de flores, que moría de amor.

Fue mártir, en el afecto.

Y la providencia divina hacía continuos milagros conservándole la vida.

Porque muchas la hubiera perdido, si no le fuera restituida.

Porque estaba más donde amaba, que donde animaba.

 

En todas las virtudes fue prodigiosa.

En la prudencia, admirable.

En la humildad, profundísima.

En la caridad, ardentísima.

En la paciencia, sufrida, pues jamás tuvo afecto a quejarse, ni lo hizo, aunque fuera en cosa justa.

Y padeció muchos trabajos, con ánimo constante.

Fue virgen, en el alma y en el cuerpo.

Y con ningún rodeo de engaño adulteró el sincero afecto.

Fue conversable con las criaturas con admiración, sacando de todo, fruto.

Fue humilde de corazón.

Y, sin parecer ajeno, jamás hizo obra exterior.

Obedecía a los mayores e iguales y menores en edad, en todo lo que no era imperfecto ni injusto.

Fue prudente, en el ánimo.

Grave, en las palabras.

Y de su motivo ni inclinación de saber, jamás habló a nadie.

Ni a ninguna criatura miró al rostro.

Ni por él las conociera, sino porque en Dios las vio.

Y con la ciencia infusa que tenia, las pudiera conocer, pero no por haberlas mirado en sí mismas.

Y, si alguna vez habló, fue para ejercitar la caridad, a la cual nunca faltó.

Fue escasa en hablar, y más estudiosa en leer.

Y no reponía ni depositaba su esperanza en lo incierto de las riquezas y promesas humanas, sino en el ruego del pobre.

 

Era atenta a las obras.

Vergonzosa, en las palabras.

Habituada a buscar y consultar por árbitro de su alma, no al hombre, sino al Espíritu Santo.

No hacía mal a nadie, antes bien respetaba a todos.

Huía la arrogancia, seguía la razón, amaba la virtud.

Nunca, con el semblante, agravió a nadie.

Obedeció y respetó a sus padres.

No desistió de sus propincuos.

No enfadó al humilde, ni burló al débil.

Ni a sus ojos hubo ninguno, despreciado.

No envidió a nadie.

No huyó del pobre.

Nunca se halló en las juntas de varones, en las cuales ni la misericordia se corriera, ni la vergüenza las dejara pasar por alto.

Ninguna cosa tuvo ofensiva en su mirar ni en sus palabras.

Ninguna descompuesta ni desigual.

El rostro, no altivo, aunque grave.

Los pasos, no acelerados; ni la voz, apresurada.

Suave, en aconsejar.

Benigna, en el aprender.

Prudente y detenida, en responder.

De manera que la misma especie y hermosura del cuerpo y sus acciones fue un simulacro, retrato, imagen de su alma y figura de la virtud.

 

La cual quiere Dios, alma, que medites, adviertas y escudriñes con todas obras y afecto fervoroso, fuerte, constante, humilde, reconocido.

Imites, sigas, abraces y obres, según tus flacas fuerzas con la gracia divina fortalecidas, alcanzar en esta ley.

Escribe en tu corazón, y obsérvala inviolablemente, lo correspondiente y perteneciente a tu estado y obligación.

Trabaja cuidadosa lo restante de tu vida.

Para que, el día último, halles refrigerio eterno en mi presencia y en la del Altísimo.

Cuando te presente a Su Majestad, y goces de los dulces abrazos del Esposo y de las florestas siempre amenas de su paraíso celestial.

LUCERNA ENCENDIDA

para caminar

en la noche de esta mortalidad

al día eterno de la patria celestial